miércoles, 26 de diciembre de 2012

Mi cuento de Navidad...


El cansancio se apodera de ellos sin más alternativa que detenerse a pasar la noche en ese lugar. Ali, Ben y Rhina ordenan levantar las tiendas y encender las hogueras para resguardarse del frío aire nocturno del desierto y ahuyentar a las bestias del desierto.
Ali era el mayor, hijo de Baltasar. Alto, delgado y serio, su mirada de negro azabache transmitía tal calidez que todos en su compañía se sentían seguros y protegidos.
Ben era hijo de Melchor, su tez pálida le confería un aspecto etéreo, y cuando sonreía, cosa que sucedía casi siempre, su rostro se iluminaba y su luz se extendía hacía a aquellos que le contemplaban llenando sus corazones de alegría..
Rhina era la sobrina de Gaspar. Su cabellera rojiza y sus vivarachos ojos de color turquesa conmovían de tal forma a quienes la contemplaban que sin poder evitarlo, el deseo de ser mejores  y de ayudar a sus semejantes se apoderaba del corazón de cuántos tenían la suerte de cruzarse en su camino.
Tres días antes apenas si se conocían, se habían encontrado en las llanuras del Sinaí, siguiendo la estela de sus padres y tío, magos afamados en sus respectivos países, que de manera inexplicable partieron en un viaje de destino incierto,  impelidos por una señal aparecida en el cielo y que dejó totalmente desconcertados a todos, en especial a sus familias.
La alarma cundió en los consejos tribales, que buscando el bien de su pueblo, escogieron a un miembro consanguíneo de cada mago para ir tras sus pasos y hacerles regresar sanos y salvos.
Y así los tres iniciaron la marcha desde sus respectivos lugares de origen. Su encuentro pareció tan fortuito, y aún así tan... predestinado, como si un círculo se cerrara uniéndolos para completarse.
Encendidas las hogueras  y habiéndose quitado el polvo de la jornada se reunieron alrededor del fuego para cenar y buscar algo de calor mientras decidían qué camino debían seguir.
Durante las semanas que llevaban siguiendo a los Magos era como si siguieran el camino trazado por el astro luminoso, más se encontraban ahora en la disyuntiva de seguir la estrella o seguir las huellas de la caravana de los tres Magos, que al igual que ellos habían unido sus caminos en uno solo. 
Pero ahora… según al rastreador enviado por delante, las huellas de la caravana se dirigían a Jerusalén, desviándose de la trayectoria marcada por la Estrella. La decisión a tomar era difícil, sabían con certeza que habían partido siguiendo el brillo del astro, ¿Por qué ahora se habían desviado? No lograban entenderlo, aunque tenían la seguridad que la razón debía ser muy poderosa. ¿Estarían en peligro? ¿Debían seguirles o por el contrario continuar con su rumbo inicial confiando en que pronto los siguieran?
No llegaron a ninguna conclusión, estaban demasiado cansados y acordaron que por la mañana, descansados y bajo la luz del sol tomarían una decisión. 
A la mañana siguiente, al reunirse los tres hablaron del mismo sueño. El llanto de un niño que les llamaba con insistencia trazando el camino a seguir, el de la brillante Estrella. Así, sin entender pero confiando, levantaron el campamento y continuaron su camino.
Dudaron en algunos momentos temiendo la suerte de sus Magos, pero ellos mismos les habían enseñado a creer y a seguir las señales, así que se mantuvieron firmes en su decisión. 
Durante seis largos días avanzaron sin contratiempos, sorprendidos sus guías de tanta tranquilidad: ni soldados, ni asaltantes, ni tan solo un león del desierto en busca de una presa, tan solo la extensa belleza del desierto que se abría ante ellos mostrando un atisbo de sus misterios.
Cayendo la noche del sexto día llegaron a un pequeño pueblo llamado Belén. Cruzan sus calles buscando un sitio para dormir, más sus lenguas extrañas y su aspecto de extranjeros hacen que a su paso las puertas no sea abran y las ventanas se cierren. Se enfadan y sienten rabia, después pena y tristeza por aquellos que son incapaces de ver más allá de lo que se muestra ante ellos. Y así, siempre guiados por la Estrella salen de Belén, alejándose de las casas y las pobres almas que las habitan hasta llegar a un pequeño pesebre ocupado por un hombre y una mujer, que por su aspecto parecía a punto de dar a luz. A su lado,  un buey y una mula.
A pesar de su aspecto cansado, sus rostros son bondadosos y cálidos, y sin dudarlo se ofrecen a hacerles espacio en el pesebre para que también ellos puedan pasar la noche. Su primer instinto es rechazarlo, tienen sus tiendas y pueden tener más comodidades en ellas que en ese destartalado pesebre. Pero Rhina accede, presiente que el nacimiento será inminente y no es capaz de marcharse dejando a la mujer tan solo con la ayuda de su esposo.  Ali y Ben se sienten obligados a quedarse con ella, así que dan orden de que sus asistentes monten las tiendas y ellos ayudan al hombre que dice llamarse José a acondicionar el pesebre.
Amontonan la paja en el lugar más protegido de la fría corriente de aire que se escurre entre las grietas de la vieja construcción. A un lado la mula, al otro el buey. Barren el suelo, despejándolo y extendiendo algunos paños para sentarse sobre ellos. Sacan la comida que compartirán. Pan, queso, algo de vino y algunos dátiles y nueces.
Hablan de sus respectivos viajes. María y José de la orden de empadronamiento romano. De su duro viaje,  de sus temores, pero sobre todo del amor y la ilusión con que esperan a su hijo. Rhina, Ali y Ben  les hablan de su viaje para retornar a sus hogares con sus Magos. De sus miedos y sus dudas por haber seguido a la Estrella en lugar de seguir las huellas de su caravana. “No temais” dice María, “Ahhhh”, su grito rompe la tranquilidad de la noche. “Es la hora” dice Rhina. Los hombres se levantan confusos y algo asustados. 
“Desprisa, recostadla sobre la paja”. Ellos la levantan con sumo cuidado mientras Rhina hace un improvisado lecho con una de las capas. “Hervid agua y dadme más paños” ordena Rhina entre grito y grito de María, “el niño ya viene”…  José a la cabecera de María, tomando su mano. Ben y Ali trayendo y llevando agua caliente y paños nuevos… En unos minutos todo termina, y en el silencio calmo de la noche, el llanto del bebé, el suspiro cansado de la madre, la voz satisfecha y emocionada de Rhina “Es un varón”… La mirada orgullosa de José. Las sonrisas maravilladas de Ben y Ali al ser testigos involuntarios del milagro de una nueva vida.
Envolviéndolo en un paño blanco, Rhina tiende al Niño a su madre. “Mi Jesús” exclama entre lágrimas de felicidad… 
Alguien llama a la destartalada puerta del pesebre. Ben abre la puerta. Son unos pastores que explican el anuncio de un ángel del nacimiento de un Niño en ese lugar que cambiará la vida de la gente, y hablan de un astro que brilla sobre el pesebre como protegiendo el lugar y señalándolo. Les dejan pasar y les observan arrodillarse ante el Niño y su madre, ofreciendo ante ellos lo poco que tienen.
El Niño ríe, les mira de tal forma que conmueve sus corazones y sus ojos se llena de lágrimas de emoción. Todos cuántos están presentes esa noche sienten que nunca volverá a ser nada igual.
El Niño llora, reclamando el alimento materno, los pastores se retiran al exterior del pesebre, dejando a la madre en la intimidad con el hijo. El Niño suspira después de saciarse, se mueve inquieto entre los brazos de su madre buscando el calor de su cuerpo, y poco a poco sus ojos se cierran con una sonrisa en sus labios y se queda dormido entre sus brazos, con  José siempre a su lado.
Ali, Ben y Rhina se miran asombrados, la risa de ese Niño, su llanto… es el de su sueño, y de alguna manera saben que ese lugar es el punto de destino de sus Magos. Éste es el lugar al que se dirigían, y el sitio dónde han de esperarles. Y es lo que hacen. Y  por unos días comparten con María y José los primeros pasos de Jesús en este mundo. Entre la humildad de unos pastores, pobres en posesiones más ricos en bondad y generosidad. 
No es la llegada de los tres Magos lo que les confirma que su elección fue la correcta. Sino los lazos invisibles de amor y amistad que se establece entre todos los que son testigos del nacimiento de ese Niño. 
Oro, incienso y mirra es la ofrenda de los tres Magos para el niño. El legado que ellos se llevan en sus corazones es la seguridad de que nunca se sentirán solos si tienden sus manos sin condiciones.  

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

sábado, 15 de diciembre de 2012

Nochebuena...

Sale a las seis del trabajo. Empieza a anochecer y a su paso las farolas empiezan a encenderse. Camina con cuidado, la nieve que ha caído todo el día cubre con su blanco manto calles y aceras, y con la huida del sol ante el avance de la luna empieza a helar y a ser resbaladizo.
Debería dirigirse sin entretenerse a casa. Es Nochebuena y ha de ayudar a preparar la cena. Bien, de la cena se ocupan sus tías y su madre, más bien de adornar la mesa con las mejores galas: el mantel de hilo blanco ribeteado con estampados navideños bordados a mano, la vajilla de fino cristal heredado de la abuela paterna, la cubertería buena de acero inoxidable  impecable, el centro de mesa... Sonríe cansada y algo triste.
Cansada de ser fuerte, de sonreír aparentando un conformismo y una aceptación que está lejos de sentir. Cansada de no poder mostrar lo que siente. De no poder dejar que se note la desesperación de esa soledad que sigue pesando en su alma un año más.
No es que las Navidades la pongan triste. Siempre le han gustado, le gustan de hecho, le gusta este tiempo que la mayoría de la gente pone de excusa para sonreír y estar de buen humor, fingiendo que se es mejor persona de lo que en realidad se es.
No, no es que ya no le gusten, es que hoy es su cumpleaños y es el primer año desde que le conoció en que no le va a felicitar ni su cumpleaños ni la Nochebuena ni la Navidad. Sí, hoy es el primer año en que contra todo lo que es y siente no le felicitará. No porque le odie o le culpe de nada, no porque no lo desee o lo sienta así, sino porque a su pesar cumplirá la promesa que le hizo a él, que se hizo a ella misma.
Y es por eso, por esta tristeza que le pesa en el alma, por esa nostalgia que no se va, es por todo eso por lo que esta tarde del día de Nochebuena que camina aterida de frío por las calles llenas de luces y de vida efervescentes, distraída en las idas y venidas de las gentes que se dirigen como ella a sus casas para reunirse con sus seres queridos y decirse que se quieren al menos por una noche.
Se detiene y suspira, y su mirada se cruza con la de un extraño que la mira acongojado. ¿Es posible que su mirada deje traslucir su tristeza? Se envuelve en su abrigo, sintiendo como un escalofrío que recorre su espalda. Sí, la tristeza ha caído de nuevo sobre ella como una losa, intenta pensar en esa pequeña llama que desea prender dentro de ella, una ilusión tal vez, ¿ una ilusión vana o tal vez el inicio de un sueño compartido? Suspira… Necesita tanto sentir en su alma la calidez de otra alma que se deja llevar por su puñetera manía de soñar despierta.... Se ríe divertida ahora, ella es así, no puede ser de otra manera, no sería ella…
Ring, ring…. El sonido del móvil la devuelve a la realidad, le recuerda que es Nochebuena y que en casa espera la familia para festejar. Y mientras acelera el paso hacia casa piensa sin pretenderlo en el deseo de cumpleaños de Ted en la última temporada de “Queer as folk”, haciéndolo suyo esta Nochebuena…
“Este año voy a desear otra cosa, la sabiduría y la madurez para darme cuenta de que no encontraré lo que busco esperándolo, y no esperar que alguien me de lo que yo no me doy a mí mismo. Que no soy una mitad esperando estar entero, y que si esa persona especial nunca aparece, estaré bien”….

©derechos reservados Guthwine (Carmen)


miércoles, 5 de diciembre de 2012

De nuevo...


Abre un libro e intenta leer. Desea sumergirse en la historia que le quiere contar ese libro. Pero su mente hoy está dispersa.
Piensa en cuán lejos está la primavera mientras un escalofrío recorre su espalda, obligándola a acurrucarse aún más en el sofá, dejando el libro a un lado y buscando el calor bajo las mantas.
Cierra los ojos escuchando una canción. Un destello del pasado acude a su mente. El recuerdo de ese adiós forzado que jamás quiso pronunciar.
Le duele aún ese recuerdo que a veces vuelve para atormentarla. Poco a poco el dolor se ha mitigado, pero de vez en cuando, sin previo aviso, una palabra, una canción… provoca en ella una punzada dolorosa que encoge su corazón. Cada vez menos, piensa levantando el mentón ante un invisible observador.
Sonríe relajándose de nuevo. Aprendió, y hoy está contenta. Una nueva ilusión se abre camino en su interior. Un nuevo comienzo… Suspira… Tiene un poco de miedo… más bien está aterrada, aunque está dispuesta a arriesgarse de nuevo. Si algo sabe es que te arrepientes más de aquello que no haces.
Piensa en ese hombre que ha entrado de casualidad en su vida. Desea la caricia de sus manos sobre su cuerpo. Estremecerse con el roce de sus labios sobre los suyos. Sucumbir, beso a beso, encendiendo en él  la misma pasión que ella siente.  Desea perderse sin miedo entre sus brazos, ser el refugio seguro para él.
De nuevo un suspiro… Desea entregarse sin condiciones, sin más reglas que la mutua devoción. Despertarse entre sus brazos, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando los latidos de ese corazón aún misterioso. Desea abrirle las puertas de su alma a ese hombre al que apenas empieza a conocer, ansiando compartir su vida y sus secretos, viviendo con él el presente y  confiando de nuevo en el futuro…
©derechos reservados Guthwine (Carmen)

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Barco de papel...



Escucho el sonido de la lluvia que cae en el exterior. Es una tarde desangelada que diría mi abuela. Esas tardes en que de niña me acurrucaba en el sofá disputando con mis hermanos el privilegio de estar sentada pegada al cuerpo de mi madre. La calidez que emanaba y que nos confortaba solo con estar a su lado. Es extraño que piense en ello hoy, mientras intento que las musas regresen a mí.
Se me resisten. Y leo y releo cada uno de los escritos que tengo delante y los siento forzados, tensos, sin magia.
Suspiro nostálgica por un momento. Un poco triste quizás.
Adoro la lluvia, sobretodo en tardes como la de hoy en que me siento así, y me dejo abatir por este hastío que me invade sin compasión y que agradezco a pesar de todo porque es lo único que me hace sentir que sigo viva, dolorosamente viva.
Me recuesto en la butaca y miro por la ventana de mi pequeño apartamento mirando cómo las gotas de lluvia golpean furiosas contra el vidrio de la ventana. Observo el ir y venir de la gente, su caminar veloz, intentando protegerse inútilmente con sus paraguas del agua que cae inmisericorde, y que el viento dirige a cualquier dirección.
Sonrío maliciosa cuando el paraguas de color negro de un hombre trajeado se voltea mientras él intenta dominarlo sin éxito, terminando empapado y malhumorado.
Sonrío enternecida al entrar en mi punto de visión un grupo de niños que vienen chapoteando en todos los charcos con los que se cruzan para desesperación de su madre.
Se hiela mi sonrisa cuando descubro a unos jóvenes amantes que pasean sin prisas y sin rumbo bajo la lluvia que los empapa, mientras se besan y se abrazan inmunes al frío y a la mirada del resto de los mortales. Cuánta tristeza siento al verles, cuánto dolor bulle en mí aún mientras les observo desaparecer por una de las callejuelas que bordean mi edificio.
Sólo cuando dejo de verlos me doy cuenta de mis manos crispadas y de mi respiración agitada. Y como una autómata me siento de nuevo frente a las hojas en blanco mientras surgen desbordados mis sentimientos, plasmando palabra a palabra lo que sentí, lo que siento, lo que desearía volver a sentir.
Exhausta, releo lo escrito y furiosa arrugo el papel notando como surcan mis mejillas lágrimas de rabia y desesperación. Es tan bello lo escrito, expresa todo el dolor del universo, dice tanto de mí que no podré publicarlo nunca. Pero en un puro gesto de eterna ingenuidad adolescente, intento planchar el papel para releer una vez en más en mi alma. Suspiro contenido ya el llanto mientras mis manos se mueven dando forma al papel, perdida mi mirada de nuevo en el agua que cae fuera.
Terminada mi obra, observo mi barquito de papel. Abro la ventana y lo dejo caer a la calle. Observando como cae, arrepintiéndome ya del impulso, pero feliz de que navegue sobre el río que el agua ha creado sobre los adoquines, resistiendo el embate de la lluvia que cae sobre él intentando que naufrague, y mientras se va perdiendo de vista me abandono a la absurda ensoñación que de alguna manera llegue a tu puerto, leas mis palabras y pongas rumbo al mío….

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El segundero...



Tic- tac, tic- tac…
El implacable tic- tac del reloj le obliga a mirar una y otra vez hacia el enorme reloj de pie que preside la estancia.
Es una hermosa obra de arte. La caja es realmente bella. De brillante madera de nogal apostaría. Con figuras extrañas esculpidas en los bordes, en un extraño adorno que hacía aún más visible al reloj presidiendo la sala repleta de libros.
La esfera es perfectamente redonda,  con ribetes dorados y plateados, realmente de un gusto exquisito; y los números romanos por descontado tallados en mármol negro, incrustados en una base nacarada. Sí, una bella obra de arte piensa distraído, puesto que su mente no está por completo en esa habitación con él.
Tic- tac, tic- tac…
Se remueve inquieto en la incómoda silla. Mirando el ir y venir del péndulo del reloj que se mueve rítmicamente, y desviando la mirada hacia la puerta cerrada tras la que se decide su destino. Y se pregunta por enésima vez qué estará sucediendo tras ella.
Llegaron los dos decididos a dar la noticia como uno solo. Esperaban gritos, amenazas… pero no, tan solo un silencio sepulcral y una orden muda que la introdujo a ella tras la puerta cerrada y a él lo tenía crispado fuera, esperando el desenlace.
Debió suponer que con él no querría hablar. Durante todos estos años solo fue tolerado. Sabía que solo lo mantenía en el laboratorio porque era un gran investigador. Por eso lo contrató en cuánto terminó el doctorado. Por eso, y porque era el marido de su hija, muy a su pesar.
Jamás estuvo de acuerdo con ese enlace, pero lo consideró un mal menor, a cuenta de que eso lo ligaba para siempre a su farmacéutica.
Llevaban 10 años así. Trabajando ambos para su suegro. Permitiendo que él gobernara sus vidas. Profesional y personalmente. Dejando que poco a poco destruyera lo que compartían.
Su esposa adoraba a su padre a pesar de todo. Y él la amaba a ella. Por eso había soportado tanto tiempo desplantes y humillaciones, e incluso que de alguna de sus investigaciones los méritos fueran atribuidos a su suegro.
Todo eso había hecho mella en su matrimonio. Se sentía tan hastiado que un año atrás tuvo una amante. Una mujer que no significó gran cosa para él, pero encontró en ella la calidez que ya no sentía en su esposa.
No duró mucho, lo suficiente para que su esposa lo descubriera y estuvieran a punto de perderse por completo. Pero hablaron. Por fin hablaron con la verdad.
Fue un golpe muy duro para él cuando su esposa reconoció que también ella se había refugiado por un tiempo en los brazos de otro hombre. En ese instante todo su mundo se tambaleó y estuvieron a punto de terminar con su historia. Pero descubrieron que seguían amándose y que ninguno de los dos deseaba estar sin el otro.
También estuvieron de acuerdo en que debían alejarse del padre de ella y de su influencia.
Y ahora estaba en esa sala. Mirando a ratos el reloj, a ratos esa puerta cerrada. Escuchando el segundero de ese reloj, esperando impaciente que la puerta se abriera para salir de esa casa y empezar una nueva vida con su esposa.
El gruñido de la maneta al girar le impulsó como un muelle a levantarse de la silla.
Miró a su esposa esperando ver en sus ojos la promesa de un nuevo comienzo para ellos, pero solo vio claudicación. No hizo falta que dijera una sola palabra. Supo que su suegro una vez más había ganado la partida. Pero él no podía seguir en esa casa.
Se acercó a su esposa y la besó por última vez. Después salió de esa casa para no volver jamás…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

lunes, 5 de noviembre de 2012

La escalera...


Cuando encontraron a Elia a las puertas del hospital nadie daba dos duros por su vida. La bebé de apenas un día de vida estaba aterida de frío y su respiración era tan tenue que en un primer instante la dieron por muerta.
Su tez blanca, su pelo castaño claro y unos ojos redondos tozudamente abiertos, eran lo que más llamaban la atención. No lloraba cuando la encontraron, tan solo permanecía a la espera, escrutando el mundo que la rodeaba. Era realmente un bebé muy hermoso. Cuando la llevaron a la gran casona todos daban por sentado que sería adoptada inmediatamente. Pero no fue así, nadie supo explicar porqué, pero ninguna de las parejas que se interesó por ella se decidió a hacerlo.
La veían, sonreían y al tomarla en brazos intuían algo en ella que les hacía renunciar. Ninguno de los que quisieron responder al motivo de su rechazo supo explicarse con claridad, era una sensación, decían, su sitio está en esta casa terminaban todos por decir.
A pesar de todo, Elia creció feliz. Su vida transcurría como la de todos los niños acogidos en la gran casona. Con siete años, parecía una niña normal, ni muy lista, ni muy tonta; ni muy buena, ni muy mala. Ni siquiera tenía una afición especial por nada; lo único que la diferenciaba de los demás era que podía pasarse horas y horas mirando al cielo.
De día o de noche, si Elia desaparecía de la vista, todos sabían dónde encontrarla. En el patio de la casa, estirada en el suelo, mirando al cielo.
De día diríase que se embobaba mirando el paso de las nubes. De noche, casi con seguridad, se decían los responsables de la casa admiraba las estrellas.
Por eso la sorpresa fue mayúscula cuando al cumplir los diez años a Elia le dio por frecuentar la pequeña aunque bien surtida biblioteca de la casona. Por un tiempo substituyó su extravagante manía de estirarse en el suelo del patio para observar el cielo, por el devenir arriba y debajo de la biblioteca observando los libros. Porque eso era lo sorprendente, no abrió ni uno solo de los libros que allí estaban. Se limitaba a mirarlos, a veces lo cogía y lo sopesaba, pero nunca cogió uno para leerlo.
Y así, una noche la descubren transportando los libros desde la biblioteca de la casona hasta el patio.
Le preguntan que qué está haciendo y el por qué. No sabe el por qué. Sólo sabe que ha de hacerlo así.
De manera, que escoge otro libro con cuidado. Lo acaricia con suavidad y lentamente lo acerca a su rostro e inspira hondo, apreciando el olor que desprende el libro. La mayoría solo detecta el olor a polvo, y a veces de humedad de los menos afortunados, pero para Elia solo es la puerta de entrada al alma de ese libro, penetra en él como nadie pudiera imaginarse. Aunque da igual,  de cualquier modo, su afán por conocer el alma del libro es adivinar su fortaleza. Porque el motivo de esa cuidadosa elección, es para saber si ese libro es lo suficientemente fuerte para ser apilado.
Porque eso es lo que Elia hace. Apila los libros en el patio. Uno sobre otro, con cuidado, construyendo una escalera.
Parecería una tarea fácil, pero no era así. Invariablemente, cuando la pila llega al vigesimocuarto de altura, su improvisada escalera cae la pila provocando un estruendo enorme, y  despertando a todos los habitantes de la casa.
Siempre acuden presurosos. La primera vez sorprendidos y sin entender de esa construcción. La segunda algo enfadados por la manía de la niña.  A la tercera, Elia se llevó un castigo. Pero a partir de la cuarto noche empezaron a preocuparse. No podían entender ese empeño, y ella no podía más que explicar que debía hacerlo.
Ni los castigos ni los diferentes psicólogos que la trataron pudieron disuadirla. Noche tras noche intentaba construir su escalera, y noche tras noche en el vigesimocuarto escalón se derrumbaba toda la pila.
Y así, hasta esta noche, en que por fin ha pasado del fatídico número y lo ha superado con creces.
Por fin ha terminado. Y eleva su cabeza mirando al cielo estrellado, sabiendo qué ha de hacer a continuación.
Con cuidado, sube uno a uno los escalones de la improvisada escalera hasta llegar al último libro. Allí, inmóvil, mira una vez más hacia las estrellas, esperando…
Al llegar la mañana, los habitantes de la gran casona encuentran tan solo la escalera de libros, de Elia nunca más supieron…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

lunes, 29 de octubre de 2012

Vacío...


Parecía una broma del destino. Encerrada entre esas cuatro paredes intentaba recordar cómo había ido a parar a ese lugar, pero no podía.
En su mente todo era vacío. No recordaba absolutamente nada. Ni quién era, ni cuál era su nombre, ni mucho menos qué hacía en ese cubículo lúgubre y gélido. Porque el frío y la humedad sí lo sentía, y calaba en sus huesos haciéndola tiritar.
Cuando despertó en ese lugar estaba tendida en el suelo, intentó moverse en un primer momento, sintiendo su cuerpo entumecido y dolorido. Después vino intentar entender qué hacía ahí.
El pánico se apoderó de ella al no poder responderse nada coherente. Y quedó completamente paralizada por el miedo.  ¿Cuánto tiempo pasó antes de reaccionar de nuevo? Imposible determinarlo. ¿Unos segundos? ¿Unos minutos? ¿Unas horas? No sabía. Sólo que algo en su mente se encendió y volvió a intentar moverse. Se movió despacio en este intento.
Primero los brazos, despacio, empezó por sus dedos, continuó con una leve rotación de sus muñecas,  y poco a poco notó como sus articulaciones respondían y pudo incorporarse.  Sentía la espalda dolorida mientras la doblaba despacio, buscando frotar con sus manos las piernas que sentía helada para darles calor. Frotaba mano contra mano. Brazos. Piernas, haciendo que la sangre volviera a circular normalmente por su cuerpo.
Pasados unos minutos logró ponerse de pie.
El dolor era casi insoportable, pero se obligó a caminar, con cautela el primer paso, con más brío después, hasta que lentamente empezó a sentir que dominaba su cuerpo nuevamente y el dolor remitía.
Miró a su alrededor buscando algo que le diera una respuesta, pero nada le daba una pista.
Era una habitación vacía, vacía de todo, incluso de puertas y ventanas. Solo ella estaba ahí dentro. No podía entenderlo. Por algún sitio debía haber entrado. Se llevó las manos a la cabeza, presionándose las sienes con los dedos, masajeándolas para aliviar el dolor de cabeza que ahora se intensificaba. Escuchó un leve ruido, como el deslizarse de un engranaje, y por un momento esperó, no sabía el qué, pero pasados unos segundos se dio cuenta que la habitación se hacía cada vez más pequeña.
No podía ser, pensaba. No entendía. Pero era un hecho, acompañando al sonido deslizante las paredes de la habitación avanzaban hacia ella, contrayéndose. Intentó empujar una pared, luego otra, pero era inútil, se venían hacia ella….
-“Ring…”… Ups!!! Despertó de golpe, intentando entender dónde se encontraba. Sentía su cuerpo entumecido, dolorido y cuando intentó moverse la cabeza empezó a darle vueltas, y sintió un pánico tan intenso que la paralizó, al darse cuenta que no recordaba quién era y que se encontraba en una habitación vacía de todo….

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

lunes, 15 de octubre de 2012

Salvación...

El sol sale majestuoso descubriendo la belleza del paisaje.


Ari mira hacia él levantando la cabeza con desafío desesperado. Su cabellera cae como llamaradas sobre sus hombros, mientras un frío que nace de su interior abrazándose a ella, estremeciéndola y obligándola a envolverse en su manto.
Suspira y siente como sus ojos traicioneros se llenan de lágrimas; cierra los puños con fuerza, intentando erradicar el llanto que una vez más amenaza con vencer su valor.
Vuelve la vista al frente y observa como al avanzar es rodeada por sombras blancas etéreas que como ella siguen el sendero trazado al inicio de los tiempos.
El inicio… Ari se pregunta cuál fue el inicio de todo. Conoce la historia, la tradición de su pueblo, pero en su corazón se pregunta cómo es posible que luna tras luna su pueblo se vea abocado a apaciguar la ira de sus dioses con un sacrificio tan brutal como inútil, puesto que la deuda nunca quedaba saldad, y año tras año las nieves regresaban, junto con el hambre, los lobos y los enemigos que exigían su pago por dejarlos existir.
¿Qué sentido tenía el sacrificio a unos dioses que no saciaban jamás sus ansias de castigo? ¿Por qué a pesar de que se cumplía con todos los rituales que según el Gran Chamán era del agrado de los dioses todo seguía igual?
La primera vez que Ari se hizo esas preguntas fue cuatro lunas atrás, cuando uno de los elegidos para el sacrificio fue su hermano Salem. No lo entendió entonces, ni tampoco ahora, cuando ella misma es una de las víctimas escogidas para el ritual.
¿Qué pasaría si no llevaba a cabo el sacrificio? ¿Realmente el cielo se caería? ¿Caería sobre ellos el astro encendido o las estrellas para castigar su desobediencia, su desafío a los dioses del pasado?
Todo eso se preguntaba Ari mientras se reunía con el resto ante el altar de los sacrificios.
Eran 12. 6 muchachas y 6 muchachos. Siempre en pareja eran escogidos, como si solo así el ciclo pudiera completarse. Se miraban entre sí, asustados y desconcertados por igual. Sentían clavados sobre ellos las miradas del pueblo allí reunido. De los adultos. A los jóvenes menores de 16 años no les dejaban asistir, no podían, pues esta era la edad límite en que podían ser escogidos para el sacrificio.
Ella sabía que sus padres estaban desconsolados pero orgullosos. Era un honor que por segunda vez uno de sus hijos hubiera sido escogido para entregarse a los dioses.
Ari no podía entenderles. Ella querría gritar y salir corriendo. Perderse entre las sombras del bosque, pero no podía. Era una buena hija, y el castigo por una deserción así sería la muerte de toda la familia del traidor. ¿Traidor? Se preguntaba Ari. ¿Era una traición desear vivir? ¿Era una traición desear amar y sentir el cosquilleo de millones de mariposas en el estómago cuando ese ser especial te mira a los ojos y roza tus labios con los suyos?
Una lágrima rodó por su mejilla recordando entonces unos ojos brillantes y claros que al clavarse en los suyos encendían su cuerpo con solo mirarla. Jamás volvería a ver a su guerrero, ni sentiría otra vez el calor de su cuerpo contra el suyo.
“Tam, tam,…” el sonido de los tambores le trajo de vuelta al momento. El sacrificio iba a comenzar. Iris, su mejor amiga fue la primera escogida y puesta sobre el altar. El cuchillo del chamán brilló a la luz de las antorchas…

Y entonces se escucharon unos gritos, choques de metales, quejidos… todo sucedió en unos segundos. Vieron como los guerreros más jóvenes con sus espadas en las manos atravesaron con determinación el claro del bosque, abriéndose paso entre la multitud, aturdida y asustada, el silencio descendió sobre la tribu mientras el grupo llegó hasta el altar.
Erat, uno de los guerreros tomó a Iris entre sus brazos protegiéndola del chamán. Éste furioso les enfrentó y ordenó a sus sacerdotes que les detuvieran, pero no tuvieron oportunidad, los guerreros los vencieron sin apenas resistencia. El Chamán entonces les maldijo, dejó caer sobre ellos todo el veneno que escondía su corazón.
Para Ari ya daba igual. Ezra, su guerrero avanzaba hacia ella tendiéndole una mano.
“No!” Escuchó que gritaba su madre. Ari miró a sus padres viendo el fanatismo y el odio en sus miradas. Ari ya no dudó, tomó la mano de su guerrero y le siguió.

Se marcharon, escuchando los lamentos de unos y las maldiciones de otros. Pero no se fueron solos, otros les acompañaron en su huida, arriesgando la ira de sus dioses, confiando en la existencia de unos dioses que no exigieran un precio tan alto por vivir en libertad.
Y así fue, pasadas tantas lunas, con su cabello de fuego convertido en plata, Ari sabe que encontraron ese equilibrio.
En todos estos años no todo fue perfecto, ni bello. Hubo enfermedad, hubo sequía, hubo guerras, hubo muertes, hubo dolor… pero también hubo compresión, hubo alegrías, hubo amor… pero por encima de todo hubo vida, y nunca más miedo ni sacrificios inútiles en pos de una salvación que siempre había pasado por sus manos.
Y al final de su camino, en paz, cierra los ojos sintiendo como el aliento de la muerte la toca con dulzura, y rodeada de sus hijos y sus nietos sonríe sin miedo a encontrarse con esos dioses ancestrales...

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

domingo, 26 de agosto de 2012

Tormento...


Después de limpiarlo todo se tomó los polvos disueltos en una copa de su Chardonney favorito.
Después se tendió en la cama deseando que el manto de la muerte descendiera sobre ella desvaneciendo dulcemente su dolor.
Pero no fue así, mientras el sueño la envolvía todo lo vivido ese último año vino a su memoria para atormentarla en su último aliento.
Él. Y todo lo vivido a su lado.
Sus primeros meses. Maravillosos y llenos de amor y pasión. El anillo de compromiso escogido entre los dos después de una petición de manos a la vieja usanza, de rodillas y en el más romántico de los paisajes. Su boda íntima, acudiendo los más allegados. Y dos meses después el anuncio de ella. Su primer hijo. El semblante de él mostrando todo su estupor y su rechazo. No era el momento decía, más adelante. Debían deshacerse de ese bebé.
La discusión mantenida en el coche. La carretera mojada. La pérdida del control. El accidente en que ella perdió a su bebé.
El intento de salvar ese amor desesperado que sentía por él a pesar de todo. Su descubrimiento de la amante de él. La desilusión. El desconsuelo. El dolor. La ira… El deseo de venganza.
Un venganza culminada esa noche al atravesar su corazón con un cuchillo. Los insectos alrededor de la sangre mientras ella limpiaba…
Todo eso volvía ahora a ella mientras sentía como el sueño por fin la vencía…. Pero no había paz…. Solo dolor… Y en la lejanía, un grito apagado en que reconoce la voz de la chica de la limpieza. Después las sirenas. Alguien intentando reanimarla sin escuchar su ¡No! Silencioso.
Y ahora, mientras espera tendida en la cama de su celda la sentencia todo vuelve de nuevo a ella, una y otra vez, en un tormento constante de rabia y de dolor… por seguir viviendo sin él…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

jueves, 16 de agosto de 2012

La fiesta...



Mientras corro desesperada, sintiendo el frío aliento de la muerte sobre mi cuello, intento recordar como he terminado en esta situación, corriendo sin aliento cogida de la mano de un desconocido...
“Venga Leila! Seguro que será divertido!”, le había dicho Berta. Y ella como siempre, se dejó arrastrar por su mejor amiga a aquella extraña fiesta de disfraces.
Por la tarde se dirigieron al centro a alquilar los disfraces que llevarían. Berta se decidió por un disfraz de bruja, una bruja muy sexy todo hay que reconocerlo, a mi amiga siempre le ha gustado llamar la atención, y puestas a ir a una fiesta en que no conoceríamos prácticamente a nadie, lo mejor era ir espectacular, así que yo por una vez, dejé mi discreción a un lado y me decidí por un disfraz de pirata, de mujer pirata obviamente.
La fiesta tenía lugar en la casa que los padres, del primo, del amigo de un amigo del ex novio de Berta, tenían en la zona boscosa que rodeaba la ciudad. Empezaba a las 21:00h, así que Berta me recogió a las 22:00h, ya que una de las reglas no escritas para tener éxito es no llegar nunca de las primeras a una fiesta, no hay que dar la sensación de estar desesperada por ir (aunque sea así).
Cerca de las 23:00h llamamos al timbre de la casa. Escuchamos a través de la puerta cerrada el sonido de la música que se hizo estridente cuando ésta se abrió.  Nos quedamos de piedra al ser recibidas por un imponente hombre lobo. “Ummm! Carne fresca!”, exclamó el anfitrión riendo ante nuestras caras. Reaccionamos algo confusas y nos reímos con él. El disfraz estaba tan conseguido que por unos segundos tanto Berta como yo llegamos a pensar que era un auténtico hombre lobo.
La fiesta estaba en todo su apogeo y nos unimos a ella sin pensarlo demasiado. Nos ofrecieron un ponche con un sabor especial que no supimos descifrar pero que nos encantó y del cuál bebimos unas cuantas veces más.
Todos estábamos abstraídos de la realidad, bailando enardecidos por el ritmo de la música y algo obnubilados por la bebida. Al calor del baile nuestros cuerpos sudorosos nos pedían hidratarnos cada vez más, y en cada ocasión el mágico ponche nos saciaba momentáneamente para en poco tiempo querer volver a por más.
Perdí la noción del tiempo y sin darme cuenta me perdí de Berta, pero no me importó al encontrarme bailando con un impresionante “vampiro”. Nuestros cuerpos se movían al compás de la música y nuestras bocas se saboreaban al tiempo que nuestras manos iniciaban la exploración del cuerpo del otro. Vencidos por el calor, la sed y el deseo fuimos a buscar un poco más de ponche, pero en lugar de volver a la zona de baile nos dirigimos al piso superior buscando un lugar para estar solos y satisfacer el fuego interno que nos estaba abrasando. Lo encontramos en uno de los aseos, pequeño pero lo suficientemente amplio para rodear su cintura con mis piernas mientras él me sujetaba contra la pared, tan veloces como torpes nuestras manos intentando desnudarnos.
“Grrrrrrrrrrrrr!!!!”, y silencio.
Fue ese silencio absoluto lo que hizo que nos detuviéramos y escucháramos con atención. Nada. Completo silencio. Y de pronto... Aullidos y gritos espeluznantes. “Pom, pom!!!” Mi acompañante y yo  nos miramos sobresaltados. Alguien golpeaba la puerta de manera insistentemente violenta. No sabíamos que hacer, solo nos quedamos callados, temblando sin saber bien porqué, pero sabiendo que algo iba mal ya que si bien los gritos iban apagándose con el paso del tiempo, no así los aullidos que aumentaban de registros.
No supimos cuanto tiempo había transcurrido, pero quienquiera que hubiera estado golpeando la puerta ya no se encontraba allí, o al menos eso esperábamos porque decidimos que no podíamos quedarnos por más tiempo ahí encerrados. Con precaución descorrimos el cerrojo y nos aventuramos a salir. La impresión por poco nos hace desmayarnos. Todas las paredes estaban teñidas de rojo. Los muebles destrozados. Las lámparas rotas. Era increíble. Instintivamente nos dimos la mano para transmitirnos valor y fuimos bajando la escalera cuidando de no hacer ruido. Lo que nos encontramos en el salón principal fue aún peor que lo que nos pudimos imaginar. Cuerpos mutilados por todas partes, el suelo bañado en sangre. De pronto nos vimos rodeados por varios hombres lobos y por.... “Berta?”, exclamé. “Leila, amiga, ven con nosotros, verás que divertido...”. Me quedé paralizada por el terror al ver avanzar a mi amiga hacia a mí, vi como alargaba sus manos hacia mí, unas manos que se iban transformando en garras al tiempo que mi amiga transmutaba en una mujer lobo.
En ese instante, mi desconocido amigo cogió mi mano y tiró de mí, obligándome a correr y a aventurarnos en la noche. Corriendo desesperados, huyendo de mi amiga y sus amigos...
Sin aliento, tropiezo un par de veces, sintiendo cada vez más pesadas mis piernas, rendida por el cansancio y el horror. No puedo más, y me dejo caer al suelo, cada inspiración de aire es una tortura para mis pulmones que parecen respirar agujas que se clavan en mi interior. Mi compañero de escapada me grita, pero no le escucho, no puedo más, se va corriendo, perdiéndose en la noche, y cuando veo aparecer entre los árboles a Berta, se que es el final...

©derechos reservados Guthwine (Carmen)


lunes, 13 de agosto de 2012

En los baños árabes...


Salimos del vestuario y nos encontramos en la penumbra de los baños árabes. La música chillout, con aires árabes y flamencos nos  envuelven casi sin quererlo, transportándonos  a un mundo fuera del real, en el que el resto deja de existir.
Mi primera elección es la piscina de agua salada. 36º nos han dicho al entrar. Es una sensación única. Cómo introducirse en la bañera de casa pero mejor. Bajo lentamente las escalera mientras poco a poco el agua cubre mi cuerpo. Me siento con cuidado y apoyo mi cabeza contra el borde, observo maravillada la arquitectura de la sala, seguro en su día fueron una termas romanas, ahora reconvertidas en baños árabes para nuestro deleite.  Cierro los ojos encantada y maravillada de sentir como mis músculos se relajan paulatinamente, y a medida que eso ocurre siento mi cuerpo liviano como una pluma, flotando sobre el agua salada de la piscina, envuelta en la calidez y el sonido dejo de ser materia para convertirme en espíritu, abandonando mi envoltura material y elevándome hacia el techo.
Observo desde arriba mi cuerpo, siento vértigo por un instante en el que estoy a punto de caer, pero entonces las veo. A ellas, que al igual que yo, intentando entender, reconfortadas por estar juntas, por compartir ese momento en que transcendemos más allá de nosotras, sintiendo una presencia poderosa y turbadora que nos empuja hacia arriba, dejando atrás los baños, volando unas al lado de las otras, e impulsadas por  un guía invisible, atravesamos la ciudad hasta llegar al mar, y allí, impelidas por esa energía poderosa nos sumergimos en el bello mar azul y profundo, cálido y frío al mismo tiempo, llenándonos de nueva vida, renovando nuestra energía con la suya. Fundiéndonos y por un instante, siendo una sola con el mar...
A lo lejos, un  débil ruido empezó a llamar nuestra atención. Al principio no prestamos atención, pero su intensidad fue aumentando hasta hacerse insoportable... Y entonces una voz se abrió paso entre el sonido estridente de la campana:
-         Disculpad, es hora de que salgáis, ya ha pasado el tiempo.
Triste vuelta a la realidad. Nos miramos unas a otras, sonriendo resignadas, saliendo de los baños hacia los vestuarios, prometiéndonos que en cuánto podamos repetiremos la experiencia…

 ©derechos reservados Guthwine (Carmen)

martes, 31 de julio de 2012

Cobardía...



El restaurante está a rebosar de gente, pero tengo suerte, apenas espero cinco minutos y una mesa se desocupa.
Me siento por fin, contenta de poder descansar mis pies. No ha sido buena idea estrenar hoy los zapatos. Tengo los dedos de los pies tan entumecidos que solo pienso en el momento de llegar a casa y librarme por fin de semejante tortura.
Estudio la carta, pero cómo siempre pido mi ensalada favorita, bañada en la vinagreta especial de la casa. Sea lo que sea lo que lleva, es la más deliciosa que he probado nunca, y temo que si pido otra cosa no me gustará tanto como esa, así que invariablemente me inclino por la misma.
Mientras espero que me la sirvan, observo como la gente entra y sale del restaurante, unos  con muchas prisas, mirando su reloj; otros haciendo tiempo cómo no queriendo llegar a su destino. Les miro  e imagino historias sobre ellos que se agolpan en mi cabeza. Desearía poder escribir todas esas historias, pero me resulta imposible seguir el ritmo frenético de mis pensamientos, a veces incoherentes, acelerados igual que la mayoría de los personajes que se me aparecen de golpe.
Y entonces te veo. Y todo lo demás se desvanece. Hace una semana que ensayo para este encuentro. He estudiado mil poses, mil entonaciones… y ahora, frente a ti, mientras te acercas a mi mesa soy capaz de intuir como sería que tu cuerpo cubriera el mío, cómo me sentiría si me envolvieras entre tus brazos estrechándome fuerte contra ti. Sentir el roce de tus manos sobre recorriendo mi cuerpo…
Se exactamente lo que sentiría, lo que me provoca sólo imaginarlo. Así que te miro, mis manos sudorosas, sintiendo el calor que nace en mi interior y tiñe de rubor mis mejillas, y cuando llegas a la altura de mi mesa,  soy incapaz de responder a tu saludo, y me quedo en silencio, lamentándome una vez más de mi cobardía…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

jueves, 28 de junio de 2012

La hora...





Observa desde la ventana como al caer la noche la bruma cubre los páramos. Ella sabe que es la hora.  Es el momento acordado. No puede retrasarlo más.
Y prepara con esmero la última cena juntos.  Engalana la mesa como la primera vez.  Y se pone el vestido que sabe que a él le gusta. Él. Todo su mundo desde el momento en que se encontraron había sido él.
Sabían desde el principio que su amor sería para siempre, de la misma manera que sabían que solo podrían compartir juntos unos pocos años, pero cada minuto, cada segundo del  tiempo que habían compartido valía por toda la eternidad.
Por eso esta noche debía ser especial, debía permanecer en la memoria de ambos  el tiempo que tardaran sus dos almas en volverse a encontrar.
Pero lo que son las cosas, al escuchar que él entraba todo lo planeado se esfumó, al mirarse a los ojos él supo que era el momento de la despedida, y ella tan solo pudo correr y refugiarse en sus brazos besándole  con dulzura y pasión. Y él, solo pudo devolverle ese beso con igual intensidad y entonces todo desapareció salvo ellos,  y se entregaron el uno al otro como solo los amantes saben hacer.
Y después abrazada a él, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo, atesoraba en su memoria el sonido de los latidos de su corazón.
“Dong… Dong….” Medianoche. Con cuidado de no despertarlo se levanta y se viste. Se inclina y le da un dulce beso en los labios. Acaricia su rostro con suavidad,  le observa por última vez y sale de la habitación. Toma su capa y decidida,  sin mirar atrás deja la casa y se adentra en la noche en dirección a los páramos. A pesar de la bruma, la luz de la luna brilla con intensidad y ve bien el camino que ha de tomar. El viento sopla y abraza su cuerpo como dándole la bienvenida a casa. Suspira y nota como una lágrima rueda por sus mejillas. Sabe que su casa, su hogar, está junto al hombre del que se aleja y al que no volverá a ver en esta vida. Pero levanta la cabeza y avanza con decisión hacia su destino que está cerca. Ya intuye las columnas altas y el muro ennegrecido por el paso del tiempo, sí, sigue ahí, inmutable, imperecedera… los muros de la vieja casa que otrora fuera su hogar, y en medio del gran patio las ve, a ellas, sus hermanas, como ella, guardianas del tiempo y del espacio. Responsables de que el tiempo siga su curso y no se detenga…  y que las almas que han de volver a encontrarse lo hagan llegado el momento…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

viernes, 1 de junio de 2012

Abismo...



Envuelta en la bruma de la noche avanzo por el puente siguiendo ese gemido lastimero que me atrae a mi pesar.
Doy un traspié que está apunto de hacerme caer pero mantengo el equilibrio y sigo avanzando hacia ese quejido.... ese lamento.... que me conmueve como hacía tiempo que no hacía nada.
Poco a poco la niebla va tapando la luna y la noche me envuelve en su manto de oscuridad. Siento miedo al escuchar ese sonido más cerca, pero sigo avanzando, ese impulso de fatalismo que se ha instalado en mí y no me abandona me empuja a ello, como buscando una salida a ese desasosiego que me oprime el pecho y me impide respirar en esa casa que me mantiene prisionera.
De pronto el silencio invade la oscuridad. Y la ausencia de ese lamento que por un instante se había convertido en mi razón de ser me acongoja de tal manera que caigo de rodillas sobre el puente de piedra y no puedo evitar echarme a llorar. El viento empieza a soplar inmisericorde cortándome el aliento. He de levantarme pienso, he de ponerme en pie y salir de aquí. Con un grito gutural lo consigo. Me incorporo y hago un amago para dar la vuelta y volver sobre mis pasos, pero algo me detiene, algo en mi interior se rebela y giro, avanzando decidida hacia el lugar al que me guiaba ese plañido lastimero y casi inhumano.
No se cuanto tiempo ha transcurrido, pero de improviso el puente termina de manera abrupta. Se que he de seguir, ¿pero cómo? Mientras me hago esa pregunta la respuesta surge sola en mi mente. He de saltar.
El miedo me invade ahora. No puedo! Es imposible! Me doy la vuelta para regresar y entonces vuelvo a escuchar ese lamento desgarrador. Intento marcharme a pesar de él pero me estalla en la cabeza a medida que me alejo, es tal el dolor que me detengo sujetándome la cabeza con las manos. Me detengo entonces. Y retrocedo hacia el final del puente mitigándose mi dolor y ese lamento.
No lo entiendo. ¿O sí? ¿Será posible? Una idea se abre paso en mi mente, ¿puede ser que ese lamento desgarrador proceda de mí?
Sí. Es eso. Y cuando asumo esa certeza dejo de temer. Me acerco al borde del puente, miro al abismo oscuro y profundo que se abre ante mí y salto... Y todo desaparece: dolor, hastío, congoja, desesperación...  al aceptar que soy parte de ese abismo... y mi cuerpo se vuelve etéreo, liviano... fusionada con la bruma nocturna siento que existe un nuevo comienzo para mí...

©derechos reservados Guthwine (Carmen)


viernes, 25 de mayo de 2012

"Luciérnagas"


El descenso al abismo es tan paulatino que apenas toma conciencia del tiempo que lleva cayendo y en su desesperación todo es oscuridad… 
Siempre brilló con luz propia. Incluso a la luz del día era incapaz escapar a su embrujo. Hasta que el destello inesperado del astro rey la deslumbró. Tan majestuoso e inequívoco su fulgor que Iluminaba todo los rincones de su pequeño universo. Tan intenso era, que olvidó que tenía su propio resplandor. 
Y cuando el día dió paso a la noche, se encontró inmersa en la más completa oscuridad. 
Y en su caída grita pidiendo ayuda en un grito silencioso que retumba en su cabeza como el eco al propagarse entre las cimas de las montañas. 
Desea aferrarse a cualquier cosa que frene su caída y en su desesperación cree encontrar una luz a la cuál cobijarse pero no es más que un espejismo que se desvanece al intentar alcanzarlo con sus dedos. Se desespera al fin, dejándose arrastrar de nuevo al abismo, sumergiéndose en la oscuridad y en el olvido. 
Y casi al final, cuando todo recuerdo empieza a desvanecerse, una voz se abre paso dolorosamente en su mente, ya sin fuerzas, es incapaz de luchar contra ella, y esa voz insistente poco a poco abre brecha en su invisible muro, y el débil resplandor de una luz se abre paso en interior. Es tan tenue como la llama de una vela, y tan dolorosa que le cuesta respirar, pero incomprensiblemente ese dolor que siente le da un atisbo de esperanza al que se aferra como un náufrago a su tabla, dejando de caer y ascendiendo lentamente, y en cada metro ganado al abismo su luz se intensifica, y poco a poco recuerda que siempre brilló con luz propia… 



©derechos reservados Guthwine (Carmen)

viernes, 18 de mayo de 2012

"Pobre hombre"


Pobre hombre... 



Son las doce. Una fría llovizna empieza a caer. Es hora de recoger.
Como cada noche envuelve  sus preciados lienzos con cuidado, limpia los pinceles y guarda el estuche de pinturas. Los coloca con cuidado en su mochila que carga a su espalda. Toma su silla plegable y se dirige con paso lento y cansado hacia su hogar.
Su paso lento y vacilante atrae miradas condescendientes entre las pocas personas que caminan deprisa en esa noche desapacible. La mayoría le juzgan a la ligera. Lástima. Es lo que vería en la mirada de la mayoría. Pena por un pobre hombre ya mayor con la cara llena de arrugas, la ropa gastada y con todo su mundo cargado en sus hombros. Pena y a la vez alegría por no estar en su pellejo, porque a pesar de que sus vidas sean un desastre se comparan inconscientemente con ese pobre hombre y solo ven su ceño fruncido, su mirada perdida en el horizonte ignorante de aquellos que pasan a su lado.
Pero sólo una cosa de lo que piensan es cierta. Su rostro ajado por el tiempo y por la vida que habla de años vividos con intensidad. Lo otro… tan solo es apariencia, y el deseo malicioso de aquellos insatisfechos de su propia vida y que solo ante la posibilidad de que otros estén peor encuentran algo de consuelo para sus miserables vidas.
Y le siguen con la mirada mientras se aleja de sus vidas, sin percatarse de la media sonrisa que ilumina el rostro del “pobre hombre” cuando se acerca a su destino. Una vieja casona necesitada de una buena mano de pintura. Tampoco son testigos del brillo de sus ojos cuando abre la puerta y encuentra como siempre esperándolo a una mujer de rostro casi tan ajado como el suyo que le recibe con una sonrisa.
Le pregunta qué tal se dio el día mientras le ayuda a descargar la mochila de su espalda. Como siempre le responde él cansado pero sin pesar, y entonces como cada noche desde el día en que se encontraron tanto tiempo atrás, la toma entre sus brazos, y el mundo se detiene para ellos cuando se entregan a ese beso de amor tierno y aún apasionado en el que los dos han pensado todo el día….  
Y mientras fuera, perdidos ya entre la bruma de la noche, aquellos que se cruzaron en su camino, al llegar a sus casas y enfrentarse a sus tristes vidas, pensando que son afortunados porque no son aquél pobre hombre… 

©derechos reservados Guthwine (Carmen)