jueves, 28 de junio de 2012

La hora...





Observa desde la ventana como al caer la noche la bruma cubre los páramos. Ella sabe que es la hora.  Es el momento acordado. No puede retrasarlo más.
Y prepara con esmero la última cena juntos.  Engalana la mesa como la primera vez.  Y se pone el vestido que sabe que a él le gusta. Él. Todo su mundo desde el momento en que se encontraron había sido él.
Sabían desde el principio que su amor sería para siempre, de la misma manera que sabían que solo podrían compartir juntos unos pocos años, pero cada minuto, cada segundo del  tiempo que habían compartido valía por toda la eternidad.
Por eso esta noche debía ser especial, debía permanecer en la memoria de ambos  el tiempo que tardaran sus dos almas en volverse a encontrar.
Pero lo que son las cosas, al escuchar que él entraba todo lo planeado se esfumó, al mirarse a los ojos él supo que era el momento de la despedida, y ella tan solo pudo correr y refugiarse en sus brazos besándole  con dulzura y pasión. Y él, solo pudo devolverle ese beso con igual intensidad y entonces todo desapareció salvo ellos,  y se entregaron el uno al otro como solo los amantes saben hacer.
Y después abrazada a él, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo, atesoraba en su memoria el sonido de los latidos de su corazón.
“Dong… Dong….” Medianoche. Con cuidado de no despertarlo se levanta y se viste. Se inclina y le da un dulce beso en los labios. Acaricia su rostro con suavidad,  le observa por última vez y sale de la habitación. Toma su capa y decidida,  sin mirar atrás deja la casa y se adentra en la noche en dirección a los páramos. A pesar de la bruma, la luz de la luna brilla con intensidad y ve bien el camino que ha de tomar. El viento sopla y abraza su cuerpo como dándole la bienvenida a casa. Suspira y nota como una lágrima rueda por sus mejillas. Sabe que su casa, su hogar, está junto al hombre del que se aleja y al que no volverá a ver en esta vida. Pero levanta la cabeza y avanza con decisión hacia su destino que está cerca. Ya intuye las columnas altas y el muro ennegrecido por el paso del tiempo, sí, sigue ahí, inmutable, imperecedera… los muros de la vieja casa que otrora fuera su hogar, y en medio del gran patio las ve, a ellas, sus hermanas, como ella, guardianas del tiempo y del espacio. Responsables de que el tiempo siga su curso y no se detenga…  y que las almas que han de volver a encontrarse lo hagan llegado el momento…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

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