miércoles, 26 de febrero de 2014

Irrealidad...

Al adentrarse en la zona boscosa no sabe qué encontrará. Sólo sabe que ella va delante, y la sigue como si le fuera la vida en ello. 
Y quizás sea así.
Es curioso como todo cambia en un instante. Como puedes vivir toda la vida con la certeza absoluta de que no eres más que un fantasma en un mundo paralelo, y de pronto, un simple cruce de miradas te despierta a una realidad imposible de intuir o de adivinar antes de ese momento. Es increíble que después, todo cuánto observas te hace preguntarte como no te diste cuenta de la ilusión.
Eso se pregunta mientras la sigue. 
No supo que hacer esa primera vez. Pero ahora sí. Al pasar los días, las señales llegan a él sin buscarlas y le dicen que tal vez la realidad no está tan alejada de la ficción. Y cuando la vuelve a encontrar sabe qué ha de hacer. 
La observa con mal disimulado anhelo. 
Camina deprisa. Parece tan asustada cuando sus miradas se vuelven a cruzar... 
Una y otra vez mira hacia atrás, como temiendo que alguien la siga. Vuelve a mirarlo, y en ese cruce de miradas la electricidad recorre sus columnas conscientes del reconocimiento mutuo.
En ese instante han sellado su destino. Y ahora la sigue por la espesura. 
La pierde de vista en una de las bifurcaciones del sendero que recorre el parque. Se detiene a escuchar. Su respiración agitada lo guía. Intuye su cansancio y se apresura, guiado por el crujido de sus pasos presurosos aplastando las hojas que tapizan el camino. 
Cuánto más cerca está él, más intenta ella alejarse. Hasta que tropieza exhausta, cayendo de bruces, y él le da alcanza. Su sombra se proyecta sobre ella mientras ambos intentan recuperar el aliento.  
La mira embelesado. Es tan etérea... Tan irreal…
Un click rompe el embrujo. El rostro de ella mudado refleja el horror que siente, y él, él ve lo que antes no podía. Su pálida mano sostiene un pequeño revolver que  apunta hacia su pecho.
Abre los ojos sorprendido. Intenta decir algo, y en la neblina de su mente un hilo de luz se filtra como los rayos de sol a través de la rendija de una ventana. Escucha voces que dicen: ¿Qué ocurre? ¡Quieto! ¡No!...
Mira a su alrededor sin ver, sin comprender. Subyugado por ese rostro hasta entonces angelical, transmutado en una máscara lúgubre  y mortal. 
El miedo se apodera de él. Es ella. Ella es el monstruo del que ha intentado huir tantas veces. Levanta los brazos dispuesto a defenderse. 
Justo entonces se escucha una detonación.
Él se desploma sobre ella que grita. 
Un dolor en su pecho… un fuego abrasador que le corroe... un líquido viscoso y caliente que le empapa…  y un zumbido en los oídos que va amortiguando las voces que surgen a su alrededor.
- ¿Estás bien? ¿Qué ha ocurrido? ¡Ha sido horrible!
Un sollozo aterrorizado. 
Y mientras todo se vuelve fría oscuridad por fin la lucidez en su agonía: ella era su esperanza… y él solo era su monstruo...
©derechos reservados Guthwine (Carmen)

lunes, 10 de febrero de 2014

Toco tu boca...

Llego con el pelo revuelto y el  rostro encendido, pero puntual. Odio llegar tarde. Las luces del teatro apagadas, avanzar con pasos indecisos por la platea buscando la fila, el apuro de hacer levantar a unos desconocidos que en el mejor de los casos te miran con condescendencia…
Las luces se apagan. El escenario se ilumina dando paso a los músicos que empiezan a situarse sobre el escenario. Cierro los ojos hasta que el silencio se hace. 
Es el momento. Fijo la mirada en esas manos de dedos gruesos y uñas mordidas. Esas manos que rozan con el mismo ardor el marfil blanco y negro del piano que mi rostro y mi boca mientras recita embelesado el capítulo 7 de Rayuela: “Toco tu boca…”. Observo sus ojos cerrados, concentrado en arrancar de su instrumento la melodía más hermosa, con la misma pasión que pone en arrancarme un suspiro, como ahora, cuando me mira al finalizar la pieza.

©derechos reservados Guthwine (Carmen)