El cansancio se apodera de ellos sin más alternativa que detenerse a pasar la noche en ese lugar. Ali, Ben y Rhina ordenan levantar las tiendas y encender las hogueras para resguardarse del frío aire nocturno del desierto y ahuyentar a las bestias del desierto.
Ali era el mayor, hijo de Baltasar. Alto, delgado y serio, su mirada de negro azabache transmitía tal calidez que todos en su compañía se sentían seguros y protegidos.
Ben era hijo de Melchor, su tez pálida le confería un aspecto etéreo, y cuando sonreía, cosa que sucedía casi siempre, su rostro se iluminaba y su luz se extendía hacía a aquellos que le contemplaban llenando sus corazones de alegría..
Rhina era la sobrina de Gaspar. Su cabellera rojiza y sus vivarachos ojos de color turquesa conmovían de tal forma a quienes la contemplaban que sin poder evitarlo, el deseo de ser mejores y de ayudar a sus semejantes se apoderaba del corazón de cuántos tenían la suerte de cruzarse en su camino.
Tres días antes apenas si se conocían, se habían encontrado en las llanuras del Sinaí, siguiendo la estela de sus padres y tío, magos afamados en sus respectivos países, que de manera inexplicable partieron en un viaje de destino incierto, impelidos por una señal aparecida en el cielo y que dejó totalmente desconcertados a todos, en especial a sus familias.
La alarma cundió en los consejos tribales, que buscando el bien de su pueblo, escogieron a un miembro consanguíneo de cada mago para ir tras sus pasos y hacerles regresar sanos y salvos.
Y así los tres iniciaron la marcha desde sus respectivos lugares de origen. Su encuentro pareció tan fortuito, y aún así tan... predestinado, como si un círculo se cerrara uniéndolos para completarse.
Encendidas las hogueras y habiéndose quitado el polvo de la jornada se reunieron alrededor del fuego para cenar y buscar algo de calor mientras decidían qué camino debían seguir.
Durante las semanas que llevaban siguiendo a los Magos era como si siguieran el camino trazado por el astro luminoso, más se encontraban ahora en la disyuntiva de seguir la estrella o seguir las huellas de la caravana de los tres Magos, que al igual que ellos habían unido sus caminos en uno solo.
Pero ahora… según al rastreador enviado por delante, las huellas de la caravana se dirigían a Jerusalén, desviándose de la trayectoria marcada por la Estrella. La decisión a tomar era difícil, sabían con certeza que habían partido siguiendo el brillo del astro, ¿Por qué ahora se habían desviado? No lograban entenderlo, aunque tenían la seguridad que la razón debía ser muy poderosa. ¿Estarían en peligro? ¿Debían seguirles o por el contrario continuar con su rumbo inicial confiando en que pronto los siguieran?
No llegaron a ninguna conclusión, estaban demasiado cansados y acordaron que por la mañana, descansados y bajo la luz del sol tomarían una decisión.
A la mañana siguiente, al reunirse los tres hablaron del mismo sueño. El llanto de un niño que les llamaba con insistencia trazando el camino a seguir, el de la brillante Estrella. Así, sin entender pero confiando, levantaron el campamento y continuaron su camino.
Dudaron en algunos momentos temiendo la suerte de sus Magos, pero ellos mismos les habían enseñado a creer y a seguir las señales, así que se mantuvieron firmes en su decisión.
Durante seis largos días avanzaron sin contratiempos, sorprendidos sus guías de tanta tranquilidad: ni soldados, ni asaltantes, ni tan solo un león del desierto en busca de una presa, tan solo la extensa belleza del desierto que se abría ante ellos mostrando un atisbo de sus misterios.
Cayendo la noche del sexto día llegaron a un pequeño pueblo llamado Belén. Cruzan sus calles buscando un sitio para dormir, más sus lenguas extrañas y su aspecto de extranjeros hacen que a su paso las puertas no sea abran y las ventanas se cierren. Se enfadan y sienten rabia, después pena y tristeza por aquellos que son incapaces de ver más allá de lo que se muestra ante ellos. Y así, siempre guiados por la Estrella salen de Belén, alejándose de las casas y las pobres almas que las habitan hasta llegar a un pequeño pesebre ocupado por un hombre y una mujer, que por su aspecto parecía a punto de dar a luz. A su lado, un buey y una mula.
A pesar de su aspecto cansado, sus rostros son bondadosos y cálidos, y sin dudarlo se ofrecen a hacerles espacio en el pesebre para que también ellos puedan pasar la noche. Su primer instinto es rechazarlo, tienen sus tiendas y pueden tener más comodidades en ellas que en ese destartalado pesebre. Pero Rhina accede, presiente que el nacimiento será inminente y no es capaz de marcharse dejando a la mujer tan solo con la ayuda de su esposo. Ali y Ben se sienten obligados a quedarse con ella, así que dan orden de que sus asistentes monten las tiendas y ellos ayudan al hombre que dice llamarse José a acondicionar el pesebre.
Amontonan la paja en el lugar más protegido de la fría corriente de aire que se escurre entre las grietas de la vieja construcción. A un lado la mula, al otro el buey. Barren el suelo, despejándolo y extendiendo algunos paños para sentarse sobre ellos. Sacan la comida que compartirán. Pan, queso, algo de vino y algunos dátiles y nueces.
Hablan de sus respectivos viajes. María y José de la orden de empadronamiento romano. De su duro viaje, de sus temores, pero sobre todo del amor y la ilusión con que esperan a su hijo. Rhina, Ali y Ben les hablan de su viaje para retornar a sus hogares con sus Magos. De sus miedos y sus dudas por haber seguido a la Estrella en lugar de seguir las huellas de su caravana. “No temais” dice María, “Ahhhh”, su grito rompe la tranquilidad de la noche. “Es la hora” dice Rhina. Los hombres se levantan confusos y algo asustados.
“Desprisa, recostadla sobre la paja”. Ellos la levantan con sumo cuidado mientras Rhina hace un improvisado lecho con una de las capas. “Hervid agua y dadme más paños” ordena Rhina entre grito y grito de María, “el niño ya viene”… José a la cabecera de María, tomando su mano. Ben y Ali trayendo y llevando agua caliente y paños nuevos… En unos minutos todo termina, y en el silencio calmo de la noche, el llanto del bebé, el suspiro cansado de la madre, la voz satisfecha y emocionada de Rhina “Es un varón”… La mirada orgullosa de José. Las sonrisas maravilladas de Ben y Ali al ser testigos involuntarios del milagro de una nueva vida.
Envolviéndolo en un paño blanco, Rhina tiende al Niño a su madre. “Mi Jesús” exclama entre lágrimas de felicidad…
Alguien llama a la destartalada puerta del pesebre. Ben abre la puerta. Son unos pastores que explican el anuncio de un ángel del nacimiento de un Niño en ese lugar que cambiará la vida de la gente, y hablan de un astro que brilla sobre el pesebre como protegiendo el lugar y señalándolo. Les dejan pasar y les observan arrodillarse ante el Niño y su madre, ofreciendo ante ellos lo poco que tienen.
El Niño ríe, les mira de tal forma que conmueve sus corazones y sus ojos se llena de lágrimas de emoción. Todos cuántos están presentes esa noche sienten que nunca volverá a ser nada igual.
El Niño llora, reclamando el alimento materno, los pastores se retiran al exterior del pesebre, dejando a la madre en la intimidad con el hijo. El Niño suspira después de saciarse, se mueve inquieto entre los brazos de su madre buscando el calor de su cuerpo, y poco a poco sus ojos se cierran con una sonrisa en sus labios y se queda dormido entre sus brazos, con José siempre a su lado.
Ali, Ben y Rhina se miran asombrados, la risa de ese Niño, su llanto… es el de su sueño, y de alguna manera saben que ese lugar es el punto de destino de sus Magos. Éste es el lugar al que se dirigían, y el sitio dónde han de esperarles. Y es lo que hacen. Y por unos días comparten con María y José los primeros pasos de Jesús en este mundo. Entre la humildad de unos pastores, pobres en posesiones más ricos en bondad y generosidad.
No es la llegada de los tres Magos lo que les confirma que su elección fue la correcta. Sino los lazos invisibles de amor y amistad que se establece entre todos los que son testigos del nacimiento de ese Niño.
Oro, incienso y mirra es la ofrenda de los tres Magos para el niño. El legado que ellos se llevan en sus corazones es la seguridad de que nunca se sentirán solos si tienden sus manos sin condiciones.
©derechos reservados Guthwine (Carmen)



