lunes, 2 de diciembre de 2013

Eclipse...


El eclipse se acerca. La última vez que se produjo esa alineación de nuestro sol con la luna y nuestro planeta, se desencadenaron fenómenos que llevaron casi a la extinción total de nuestra forma de vida. Nos ha llevado tres mil años volver a ser casi la sociedad que fuimos una vez. 
Nuestros gobiernos esta vez parten con ventaja, y han decidido no dejar nada al azar. Así que han elaborado una lista de personas imprescindibles.
Yo soy una de ellas. Me salvaré yo y mi marido, y unos pocos millares de afortunados que han sido incluidos en esa lista.
Apenas quedan unas horas para estar en el punto de recogida. Han sido muy  rigurosos en este detalle. Los militares nos llevarán a un lugar secreto y protegido, con la esperanza de que una vez pasado el eclipse podamos reconstruir a mayor velocidad nuestra civilización.
Mi esposo ha ido a despedirse de sus padres y sus hermanos, sin poder decirles que seguramente es la última vez que se verán.
Yo… yo me aferro desesperada al hombre al que amo y al que tengo que abandonar en virtud de un programa que dice que yo soy imprescindible y él no. 
Él es fuerte por los dos. Me ama y me lo demuestra insistiendo cada vez que se sentirá más tranquilo sabiendo que yo estaré a salvo y que en cualquier caso nos volveremos a ver después, cuando todo pase. Y le amo aún más por esa única mentira dicha para hacerme sentir mejor.
Y mientras jadeo entre sus brazos por última vez, sostengo su mirada, atesorando sus rasgos y sus gestos mientras el deseo y la pasión nos llevan al éxtasis, así, aferrados el uno al otro, con la certeza de que con un poco más de tiempo, él y no mi esposo vendría conmigo.
Pero el anuncio de la catástrofe llegó antes de que los dos nos diéramos cuenta que nos amábamos y que esta locura es más que la aventura pasajera de dos cuarentones que entran en crisis. Pero no podría condenar a mi marido después de todo, y salvándole a él condeno al hombre al que amo.
Nos despedimos con un beso largo y profundo, solo unidas nuestras bocas, temiendo que si nuestros cuerpos se tocan no podamos separarnos.
- Te quiero.
- Te quiero.
Y me voy, sin derramar una sola lágrima, muriendo por tener que dejarlo, sabiendo que nunca más nos volveremos a ver.
Al llegar a casa mi esposo me espera. Me siento a su lado y esperamos juntos la llegada del transporte. Me mira sin preguntarme nada. Aterrados de que cualquier palabra nos lleve a la inevitable discusión y a encarar la verdad.
Llaman puntuales a la puerta. Recogemos un par de maletas y salimos, cerrando la puerta tras de nosotros. El 4 x 4 arranca alejándose veloz de nuestra casa, de nuestro barrio, y poco a poco de la ciudad. Se dirige a la autopista casi desierta a esas horas y ponemos kilómetros entre la vida que hemos conocido hasta ahora y ese nuevo comienzo.
Todo el trayecto de ida resulta insoportablemente silencioso. Mi marido me toma de la mano sintiendo mi nerviosismo. Es un gesto simple y tan tierno… Una ternura que hace tiempo abandonó nuestro hogar y que ahora al recordarla solo me causa frialdad, y que me hace retirar la mano, castigándole por no ser él a quien quiero tener a mi lado. Sé que no es culpa suya, pero aun sabiéndolo, le odio por existir y obligarme a abandonar a ese hombre capaz de hacerme sentir que abandonarle no es una traición.
Llegamos al lugar indicado. Atravesamos controles y más controles en pleno desierto hasta llegar a la entrada de montaña. Sí, como en las películas de catástrofes que tan de boga están.
- Es la hora- dice un mayor del ejército de tierra.
Mi esposo avanza hacia el interior sin mirar atrás. Yo… yo miro hacia arriba, hacia ese cielo teñido de rojo en este atardecer en que todo empieza y todo acaba…
En otro lugar las noticias no han dejado de emitir un solo instante. Cansado de todo ello un hombre ha abandonado la ciudad buscando el refugio de esa playa que le huele a ella. Saborea con tranquilidad ese champagne que guardaba para celebrar con ella. Pero todo está bien, piensa. Y brinda por ella y porque sobrevivirá. Eso es lo que importa, aunque le duelan los huesos por el deseo de abrazarla. Aprieta los puños cerrando los ojos, sintiendo por un momento la calidez de su cuerpo contra el suyo, evocando el suave roce de sus dedos sobre el rostro cuando se sentía perdida y deseaba cerciorarse de que no era un sueño…
Abre los ojos con un suspiro, dispuesto a encarar el final como siempre ha vivido, con coraje. 
- Tú…
Me siento junto a él y me refugio entre sus brazos… 
Él desearía decir que está loca, que debe refugiarse; Ella desearía decir que lo ama y que prefiere un instante de amor con él que vivir toda la eternidad sin él.
La única verdad es que los dos están donde desean estar, uno junto al otro… El resto… el resto es solo tiempo, un tiempo que solo vale la pena porque lo compartirán… 

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

jueves, 31 de octubre de 2013

Noche de Halloween...


Mi amigo Harold es un fantasma. Sí, es un fantasma de verdad. Naturalmente que existen los fantasmas, que no los veáis no significan que no existan, tan solo que vosotros no los veis.
No se porque yo puedo verlos, pero es así. Conocí a Harold hace dos años, cuando la empresa donde papá trabajaba cerró, y él y mamá decidieron regresar al pueblo y establecerse en la vieja casa de la familia. 
Le conocí la primera noche que pasamos en la casa. Llegamos una tarde a principios de primavera y al poco de anochecer estalló una tormenta horrible. Se fue la luz y mamá decidió que esa primera noche dormiríamos todos juntos en el salón, alumbrados con velas que mamá encontró en un armario de la cocina. La verdad es que fue divertido. Fue como acampar dentro de la casa.  
Hacia las tres de la mañana me desperté con ganas de hacer pipí. La tormenta seguía afuera. El sonido de las ramas de los árboles agitadas por el viento era impresionante, y las gotas de lluvia golpeaban persistentes contra las ventanas. He de reconocer que estaba algo asustada, pero las ganas de ir al baño pudieron más. Intenté que mi hermano pequeño me acompañara, no lo conseguí, así que no tuve más remedio que armarme de valor e ir yo sola.
Tomé una vela y caminé descalza sobre la superficie de madera del suelo. Estaba en buenas condiciones a pesar de ser tan vieja, pero eso no impedía que mi paso las tablas crujieran y gimieran. Mis músculos estaban en tensión ya que las llamas de las velas bailaban empujadas por la débil corriente de aire dibujando sombras por todas partes. Al llegar a la puerta del baño la abrí despacio y entré cerrándola tras de mí. Dejé la vela sobre el lavabo con cuidado y… Ostras!!! Me llevé el mayor susto de mi vida. Sentado en la taza del wáter había un fantasma! Sí! Creo que la sorpresa fue lo que me impidió gritar. La sorpresa y el hecho de que antes de que pudiera recuperar el aliento que había perdido por la impresión, el fantasma se había enrollado sobre mi boca y me impedía proferir ningún sonido.
- Por favor, me dijo con voz suplicante- No chilles, no voy a lastimarte.
Yo le miraba atónita. No daba crédito. Y él, él me miraba con una mirada tan triste, que entendí que no me mentía. Con cuidado, rocé con mi mano la parte de su cuerpo que me cubría. Era tan esponjoso, parecía algodón de azúcar. Los dedos parecían engancharse aunque no era así. Y era frío. Pero de un frío agradable, como cuando en verano estás sofocada de calor y de pronto una brisa suave que no sabes de dónde viene, sopla refrescándote.
Poco a poco, se fue desenrollando y se quedó frente a mí. Yo alargué nuevamente mi mano y le toqué de nuevo. Sonreí.
- Hola, soy Carol, ¿quién eres tú?
- Me llamo Harold, dijo, y soy tu fantasma… quiero decir, el fantasma de esta casa- dijo tartamudeando.
Lejos de asustarme, eso selló nuestra amistad. Y le sonreí con timidez. Creo que ambos nos ruborizamos. Los cuentos de fantasmas nunca hablan de que los fantasmas pueden sonrojarse, pero Harold lo hizo, creo que me quiso en cuanto puse los pies en la casa. Creo que le quise desde esa primera noche.
A mediados de octubre decoramos la casa con calabazas, esqueletos, telas de araña… e imágenes de fantasmas, sí. Por las noches Harold y yo jugábamos al escondite. Sí, él siempre me encontraba, pero no es que yo no supiera esconderme, es que él partía con ventaja al poder atravesar las paredes. Faltaba una semana para la noche de Halloween, y mamá estaba dando los últimos retoques a los disfraces que llevaríamos durante el “truco o trato”. Mi hermano iría de Drácula, y yo, yo iría de fantasma claro.  Mi madre se sorprendió cuando se lo dije, mi disfraz favorito siempre había sido el de bruja, pero este año… este año quería hacer algo especial. Estábamos muy emocionados. Mi hermano porque iría solo con mamá. Y yo, yo porque sería el primer año que podría ir sola con mis amigos. Bien, de hecho, iría solo con Harold, aunque esa parte solo la sabía yo, ni siquiera se lo había dicho a Harold, era una sorpresa.
La noche previa a Halloween, antes de acostarme esperé a Harold para darle las buenas noches. Y le conté mi plan. Iríamos juntos al “truco o trato”.
Durante todo el día noté la presencia de Harold junto a mí, creo que temía que en el último momento cambiara de opinión y prefiriera ir con mis amigos de la escuela. Todos estábamos nerviosos, mi hermano porque sería la primera vez que iría con mi madre y sus nuevos amigos de la escuela. Yo, porque era la primera vez que mentía a mi madre. 
Al llegar las 5, empezamos a prepararnos, yo le había dicho a mi madre que había quedado en casa de Lucy a las 6. Ella vivía dos calles más abajo, así que no era necesario que mamá me acompañara hasta allí, y la madre de Lucy y la mía no se hablaban por un pequeño mal entendido ocurrido semanas atrás, por tanto, era la coartada perfecta para salir de casa y que Harold y yo pudiéramos disfrutar de nuestro primer Halloween. Sobre las seis de la tarde, ya anochecido y con mi disfraz de fantasma (una sábana blanca que me cubría por completo), cogí mi calabaza y salí. Tal y como habíamos acordado, Harold y yo nos encontramos al final de la calle.  
Fue el Halloween más maravilloso que he pasado. Estuvimos hasta media noche yendo de casa en casa recogiendo caramelos y gastando bromas con los demás niños. Era tan divertido ir con Harold, intentando asustar a los demás, sabiendo que Harold era un fantasma de verdad… Creo que nunca me he reído tanto con alguien. Creo que para Harold también fue su mejor noche.
Fue de regreso a casa que todo se descubrió. Subía las escaleras hablando y riendo con Harold y no me di cuenta de que mama estaba parada en medio de la escalera:
- ¿Con quién estás hablando Carol y dónde diablos has estado toda la tarde?- me pregunto.
- Con Lucy...- empecé a decir.
Pero mama me dio un bofetón, Era la primera vez que lo hacía y me quedé sorprendida. Me llevé la mano a la mejilla y las lagrimas empezaron a brotar de mis ojos.
- He estado con Lucy y su madre y no sabían nada de ti. ¿Qué has estado haciendo Carol?
Jamás había visto a mama así, estaba como loca, y yo, cada vez más asustada de ver que no se tranquilizaba. Me cogió del brazo con fuerza y tiró de mi escaleras arriba, yo tiraba hacia atrás, asustada y dolorida por el agarrón de mama, Harold lo estaba viendo todo y queriendo protegerme se lanzó sobre mi madre que me soltó sorprendida, yo caí hacia atrás y rodé por las escaleras rompiéndome el cuello.
Fue algo extraño. En una milésima de segundo todo fue oscuridad y de pronto luz. Me vi tirada sobre el suelo al pie de la escalera, vi a mama aterrorizada y mi por primera vez a Harold en todo su esplendor de fantasma. No sé si fui consciente de lo que pasaba, hasta que vi una luz brillante y entendí que estaba muerta. Empecé a flotar hacia ella, era tan tranquilizadora y cálida, pero de pronto escuché la voz de Harold:
- Carol, por favor, no me dejes solo...
Lo miré y no vacilé, fui hacia él, dejando que la luz se desvaneciera…
©derechos reservados Guthwine (Carmen)

martes, 27 de agosto de 2013

Fantasmas...


Desde que llegué toda mi vida se ha visto trastocada de la noche a la mañana.
¿Quién me iba a decir que aceptar el legado de una tía abuela de la que jamás había oído hablar me traería tantos quebraderos de cabeza? 
Ya me pareció que me miraban algo raro cuando los vecinos se convencieron de que pensaba instalarme en el viejo caserón.  . Desde que tomé posesión de mi nuevo hogar hace un mes no han dejado de molestarme y de gastarme bromas. ¡Estoy hasta las narices de todos!
Que si la casa está encantada… que si tiene fantasmas… ¡Tonterías! Estoy cansada de los gamberros de siempre que vienen de noche a alterar la paz de mi hogar, mi sueño y mi descanso.
Mi hogar… ¡Ja! ¡Ja! Y mil veces ¡Ja! Mi intención es venderla en cuanto me salga un comprador. Pero para eso he de terminar de una vez y para siempre con esas creencias de pueblerinas de la casa encantada. He de demostrarles que no existen fantasmas en mi casa, que el viejo caserón es tan solo eso: piedras viejas… “Un lugar vulgar y corriente”, pienso con algo de amargura.
Así que llego a casa sobre las 10 de la noche. Cansada y enfadada una vez más por las miradas de la gente, por sus señas a escondidas… 
He alquilado un equipo especial y al llegar a casa, a pesar del cansancio, voy disponiendo los sensores, las cámaras holográficas, el equipo de sonido… Se van a enterar estos, pienso mientras lo coloco tal y como me han enseñado en la consultoría.
Una vez todo dispuesto decido cenar algo ligero: Una ensalada y un refresco, tampoco tengo tanto apetito, aunque no quiero reconocer que estoy algo nerviosa. Al terminar miro el reloj. Aún falta media hora para las 00:00h, así que decido echar una cabezadita en el sillón del salón de estar.
Dong… dong.. ufff!!!! Me despierto sobresaltada por las campanadas del reloj. Las doce en punto. Me desperezo y me dirijo al lavabo a refrescarme la cara y a despejarme un poco. Al salir escucho voces amortiguadas en la biblioteca… ummm!!! “Ya estamos como siempre”, pienso, “esos críos dichosos, ¿no van a dejarme tranquila nunca?” Decidida y  muy enfadada me dirijo a la puerta de la biblioteca para encararme con ellos, no voy a permitir que me sigan asustando así, pero al abrir la puerta, me llevo el susto de mi vida cuando al entrar me topo con dos formas etéreas suspendidas justo en medio de la biblioteca.
Por un momento me quedo sin respiración, pero después, al recuperar la capacidad pulmonar empiezo a transpirar y he de sentarme en el suelo. 
Intento entender qué está ocurriendo. Mi mente quiere encontrar una explicación razonable a eso que estoy viendo. Pero no…. Son… fantasmas… y… Por favor….suspiro… Creo haberme vuelto loca, pero cuando escucho con atención lo que están diciendo… mi enojo nace de lo más profundo de mi ser.  ¿Será posible? Discuten de si dejan que me quede a vivir con ellos o no.  No se ponen de acuerdo. Al parecer desde mi llegada están intentando decidir si desean convivir conmigo o me echan. Les miro atónita, con la boca medio abierta y a medida que hablan e intentan tomar una decisión  voy recuperándome de la impresión inicial, hasta que me levanto y me enfrento a ellos…..
- Ehh!!!! Que estoy aquí!!! Esta es mi casa… mía… se ríen y me miran… 
- Ummm!!! ¿Deseas quedarte a pesar de saber que nosotros estamos aquí?... 
- ¡¡¡Por supuesto!!!…. ¡Ahora es mi hogar!- me escucho sorprendida, porque realmente lo digo en serio, tal y como lo siento. Es mi hogar… mi casa…. Y sonrío al pensar… Mi hogar… Mi casa encantada… Mis fantasmas… 
Ellos me mira y se miran, sorprendidos... pero complacidos... Nos miramos los tres.... y surge entre nosotros una corriente de empatía... de entendimiento... un acuerdo tácito firmado por la comprensión del sentimiento que nos invade cuando pensamos que ese lugar... a pesar de todo... es nuestro...
©derechos reservados Guthwine (Carmen)

viernes, 9 de agosto de 2013

La reina del supermercado...


La ciudad empieza a despertar. Mira por la ventana de la habitación. Una habitación de cualquier pensión del viejo puerto. No tiene gran cosa ese viejo marino que en tierra se siente perdido. No es ni joven ni viejo, pero la soledad y la enfermedad han hecho mella en él.  Nada por qué vivir… nada por qué morir…
Y aún así, hoy es diferente. Mira por la ventana feliz e ilusionado. Espera como cada jueves impaciente a que sean las 9. Apenas quedan unos minutos. Se dirige al pequeño lavabo y se afeita. Se peina con esmero y se termina de vestir. Su mejor camisa, que no es mucho decir, habla de muchos lavados, de desgaste y de tiempos mejores, pero es la mejor que tiene. Coge el carro de la compra y baja tan rápido como el reuma de sus huesos le deja para llegar el primero al supermercado de la esquina.
Entra buscándola.  A ella. A su heroína, musa de sus sueños y ensoñaciones. Por fin la ve. Cansada aún antes de empezar el día, con su uniforme rallado y el pelo recogido en una cola. Prepara el cajón de la caja, lidiando con destreza con el malhumor de los clientes.
Recorre los pasillos tomando de las estanterías lo que necesita: arroz, pasta, tomate, atún… Cuando tiene lo que necesita, feliz se dirige a la caja. Deja pasar a una persona para conseguir que ella le atienda. Por fin es su turno. La observa pasar mecánicamente los códigos de barra con la mirada perdida, pensando en…. Lo que daría por saberlo, por saber qué cosa es responsable de su serio semblante, de esa permanente mirada de tristeza que no la abandona. El corazón del viejo marino se encoge… necesita… una sonrisa…. Una palabra suya, quizás tan solo una mirada para darle sentido a este día que empieza y que para él sin ella es gris, monótono, solitario… El ánimo del viejo marino decae mientras la sigue observando. Su semblante es ahora como el de ella: triste. Baja la mirada. Le duele ver su tristeza y no atreverse a decirle nada. Cobarde como siempre. Y aún así… daría su vida por ella…. Si tan solo pudiera decírselo a ella… 
- 27,30€- la escucha decir….
Él le entrega 30€... vuelve a mirarla ansioso y entonces ella lo mira…
- ¿Tendría los 0,30€?
- Sí claro- dice él- y cuando se los entrega sus miradas por un momento se cruzan y ella sonríe agradecida. Él le devuelve la sonrisa y por unos segundos se siente el más afortunado de los mortales.
- Gracias señor, aquí tiene el cambio- y vuelve a sonreírle, con esa sonrisa triste y melancólica pero que ilumina sus ojos y la vida del viejo marino.
Sale del supermercado aún sonriendo. Despacio ahora, se dirige con el carrito a la habitación que tiene alquilada. Sube penosamente los escalones. Al llegar arriba respira con dificultad, pero no le importa. Entra y se dirige a la ventana. La abre y mira hacia el mar. Sonríe recordando su sonrisa… su voz… feliz por este día… feliz hasta el próximo jueves en que se reencuentre con su heroína particular… 
©derechos reservados Guthwine (Carmen)

domingo, 7 de abril de 2013

Esperant...

Com cada dia agafo el metro a l’estació de St. Antoni fins a Passeig de Gràcia. Allà faig transbord a la línia 4 que em deixarà just a davant de casa. I com cada dia, per poc marxa el tren i he d’esperar tres  minuts l’arribada del proper comboi.
 M’assec esgotada, ansiosa d’arribar a casa i prendre una dutxa, desitjosa que amb ella s’esvaeixin el cansament i les preocupacions de la jornada. Deixo vagar la mirada sobre la resta de vianants que esperen a l’andana.
Sense voler, els meus ulls es detenen en un home gran, deu tenir uns 75 o 80 anys, calculo, encara que sempre he estat dolenta alhora d’endevinar la edat d’una persona.
El desconegut te el cabell gris ben retallat. Vestit com es diria elegant però informal, subjecte un diari amb les mans tremoloses. Les arrugues li solquen una cara amable on destaquen uns ulls blaus com el mar estiuenc. Devia ser molt atractiu de més jove.
Se que no l’hauria de mirar tant descaradament, ell podria...Upsss!  De cop i volta em trobo clavades en els meus ulls aquelles finestres blaves, sostenint la meva mirada sense parpellejar, creant- se entre nosaltres un corrent de reconeixement mutu.
El moviment de la gent a l’andana avisa de l’arribada del tren que tots dos deixem passar, perduts l’un  en la mirada de l’altre. És una cosa estranya. M’envaeix una calidesa al pit com mai havia sentit, però alhora sento un dolor punyent, com una ma estrenyent fort el meu cor. És com si mirant- lo recordés que ell m’havia fet mal. Molt de mal.
Sento en un instant el dolor de l’abandonament, la ira, l’odi, la tristesa... però per damunt de tot l’amor profund envers aquest desconegut que em mira angoixat i torbat. Ell ho sap el que sento. M’ha reconegut. Tanco els ulls per escapar d’aquells ulls, d’aquell dolor, però els torno a obrir sobresaltada pel murmuri alarmat de la gent que ens envolta novament a l’andana.
Déu! Em poso dreta amb la velocitat del llampec. Ell és a terra. Ha caigut. M’apropo a ell apartant a la gent amb desesperació, amb una urgència que mai he conegut. M’agenollo al seu costat agafant la seva ma. Ell obra els ulls i fica novament la seva mirada en la meva.
Estreny la meva ma intentant transmetre’m alguna cosa, intenta parlar, però li costa. La seva respiració cada cop és més feble. La seva mirada suplica, mentre estreny més fot la meva ma.
Apropo l’oïda a la seva boca. “T’estimo” diu amb un esforç sobrehumà, “som per sempre... ens tornarem a trobar...”. Silenci. Un silenci trencat per l’arribada del metro que observo sense veure, amb la mirada perduda, recordant altres vides... recordant –lo a ell. Sentint el seu amor, l’amor de tots dos, condemnats a retrobar- se en una vida i una altre sense arribar a consumar aquest sentiment que sent més fort i profund que cap altre.
I ploro, ploro contra el seu pit mentre el tren marxa, ploro desconsolada al perdre’l un altre cop, ploro sabent que tampoc en aquesta vida serà, esperançada de que en la propera pot ser que sigui, pot ser que es trobaran en el moment i en el temps adequats.
I mentre els serveis d’emergència se l’enduen, torno a seure esperant el proper tren que em portarà a casa... esperant altra vida... altra temps...

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

lunes, 25 de marzo de 2013

La fada de les papallones...


El bosc és una festa. Amb la primavera les branques dels arbres s’omplen de brots nous. Fulles emergents que tornen a donar color a un paisatge fins aleshores desolat.
Tanmateix les flors s’obren de nou sota el càlid sol que finalment brilla amb la suficient intensitat empenyent el gèlid hivern cap a altres terres per uns mesos.
El cant dels ocells trenquen el silenci trist dels mesos passats, retornant a casa desprès del seu viatge hivernal al sud, reconstruint els seus nius abandonats per crear nova vida.
Si, el bosc reneix, retorna a la vida i es vesteix de gala per acollir, com cada primavera, el renaixement de les papallones, que emergeixen dels capolls i que amb els seus colors vius i els seus moviments delicats ompliran de màgia els mesos estivals.
Poca gent sap que ve amb les papallones. Els homes fa temps que van oblidar. Però no ell. 
Doncs si t’endinses en el bosc quan el sol marxa a altres terres i la lluna regna en la nit, camines a poc a poc, sense fer soroll, respirant en silenci, podràs veure com cada nit les papallones es reuneixen a la clariana del vell mig del bosc. Primer pensaràs que és un miratge, un parany de la son, de la nit i de la lluna, però després, escoltaràs el seu cant, i malgrat el seu so eteri i llunyà, t’adonaràs que el que veus i el que escoltes és real. I aleshores recordaràs el que no havíem d’haver oblidat: tots els boscos tenen les seves fades, i si veus una t’enamoraràs d’ella. Com ell es va enamorar de la fada d’aquest bosc, més delicada i bella que les mateixes papallones.
I pensaràs que és un crim està allà amagat, violant el secret del bosc, espiant- la sense que ella ho sàpiga. I voldràs marxar. Però de cop i volta, els seus ulls trobaran els teus, i l’únic desig que sentiràs des d’aquell moment és romandre al seu costat, fent- la feliç i estimant- la. I en un sospir oblidaràs tota la teva vida passada: família, amics, amants,...  L’únic que tindrà cabuda a partir d’aquell moment serà ella, la fada de les papallones....
“Oh! Quin conte més bonic avi” exclama en Marc de 10 anys, embadalit per la història.
“No és un conte”- respon l’avi amb misteri- “és cert”.
 “De veritat?”- pregunta la Mariona, que amb els seus tretze anys comença a interessar- se per les històries d’amor.
“De veritat”-  torna a dir amb fermesa l’avi.
“Au! Avi! No vulguis aixecar- nos la camisa”- diu en Roman de 17 anys, aquesta edat entre la infantesa i la edat adulta en que vols deixar de ser un nen i no deixes que ningú sàpiga que encara creus en la màgia- “O és que tu coneixes algú que s’hagi trobat amb aquesta fada?”.
L’avi calla aleshores, entristit, envellint una mica més, com sempre que pensa en aquella nit de fa tant de temps. Calla i aconsegueix somriure sense respondre. S’aixeca de la cadira i surt mentre els seus néts es miren entre ells estranyats. Als pocs minuts els petits s’obliden de l’actitud del seu avi i tornen a jugar.  El Roman, però, s’apropa a la finestra i observa al seu avi.
Aquest mira cap a l’horitzó, la mirada fixa en el llindar del bosc.  Perdut en el record d’una nit d’estiu tant llunyana... Aquella nit es va endinsar en el bosc amb neguit i por al cor, però empès  per una aposta amb els amics. Recorda com malgrat els seus 17 anys li suaven les mans mentre s’endinsava en el bosc, com les seves passes el portaven instintivament cap el mig del bosc, i com, de cop i volta va escoltar una veu dolça com la mel, i tant encisadora que no va tenir més opció que seguir- la fins a una clariana on va trobar una noia, bé,  no una noia qualsevol, la criatura més bella que mai havia vist envoltada de papallones de mil colors.
Ella el va mirar somrient- li, com si l’esperés. Ell es va atansar a ella amb una mica de por, però encisat per la seva mirada. Quan va a ser al seu costat ella va allargar la ma i va agafar la seva. Va sentir una escalfor al pit que mai més va tornar a sentir, i a punt de besar- la va escoltar llunyanes unes veus que cridaven el seu nom: “Ricard!”. I tot d’una a la clariana varen aparèixer el seu pare junt amb altres homes del poble portant torxes, “Ricard!” tornen a cridar: “Allunyat de la bruixa!”. Bruixa? Pensava en Ricard, no és cap bruixa volia dir, és una fada, la meva fada. 
“Vine!” va xiuxiuejar ella, “mai ens trobaran”. Ell va mirar enrere, cap al seu pare, i dubte, aturant- se i deixant anar la seva ma, només van ser unes mil•lèsimes de segon va pensar després cada dia de la seva vida, unes mil•lèsimes, però va ser prou perquè  ella desaparegués per sempre més.
Va tornar a aquell bosc i a aquella clariana cada estiu d’ençà aquella nit. Durant anys va tornar, però mai més la va trobar.
Amb el temps es va convèncer que només havia estat un somni i va desistir. Es va casar amb la seva veïna de tota la vida i va enterrar en la seva memòria i en el seu cor aquell record com si fos un conte que avui havia explicat als seus néts per primera vegada en tots aquells anys.
De bon matí el Ricard es desperta amb els crits de la seva jove. Baixa les escales i li expliquen que el Roman ha desaparegut durant la nit, i que a la Mariona li havia dit que volia trobar la fada de les papallones.
L’avi es queda glaçat. “Anem al bosc” li diu al seu fill, i marxen amb altres homes a endinsar- se de nou al bosc. Es separen per cobrir més terreny. És negra nit quan arriba a la clariana sol, just quan en Roman  pren la ma de la fada. “Roman!” crida l’avi, el Roman es gira i mira al seu avi als ulls. L’avi s’atura i assenteix amb el cap. 
Quan arriba el pare del Roman amb els altres només troben l’avi que estreny contra seu el jersei del Roman. Mai més no van saber res d’ell.
Al final, tots van creure que l’avi havia perdut l’enteniment, doncs no parava de repetir que no havien de patir, que el Roman era ben feliç amb la fada de les papallones...
©derechos reservados Guthwine (Carmen)

jueves, 7 de marzo de 2013

Feliz día a todas las mujeres que caminan delante de su sombra...


 

"La mujer que camina delante de su sombra.
Aquella a quien precede la luz como las aves
a las celebraciones del solsticio.
La que nada ha guardado para sí
salvo su juventud
y la piedra engarzada de las lágrimas.
Aquella que ha extendido su pelo sobre el árbol
que florece en otoño, la que es dócil
a las insinuaciones de sus hojas.
La mujer cuyas manos son las manos de un niño.
La que es visible ahora en el silencio,
la que ofrece sus ojos
al animal oscuro que mira mansamente.
La que ha estado conmigo en el principio,
la mujer que ha trazado
la forma de las cosas con el agua que oculta"
Basilio Sánchez
 
 

lunes, 25 de febrero de 2013

El farol...

Ha nacido en ese pueblo. Conoce sus calles y senderos como nadie. Nunca ha sentido miedo de caminar por sus calles, pero esta noche siente el frío en los huesos. Ha llegado deprisa y sin avisar, acostumbrados en esta época a los inviernos templados, esta ola de frío polar los ha cogido desprevenidos. Y cuando esa tarde empezó a nevar, realmente fue algo mágico, como ser transportada a su niñez, pero ahora, con la tarde casi convertida en noche y la oscuridad cerniéndose sobre ella, intentando caminar sobre la nieve helada no lo disfruta para nada, y tan solo desea llegar a casa.
Uhhh!!! El viento arrecia, estremeciéndose mientras sin querer se detiene al girar la esquina de esa calle y como siempre que pasa por allí no puede evitar levantar la mirada hacia la farola de hierro forjado y hacia esa ventana. Su imaginación siempre dispuesta a proporcionarle una buena historia ha creado a lo largo de los años mil historias sobre ese farol siempre encendido y esa ventana eternamente abierta.
Sonríe, desde siempre ha imaginado historias de terror, de fantasmas… y bueno, sí, historias de amor y de fantasmas atormentados por un amor irrealizable en vida que transciende más allá de la vida, más allá de la muerte…
Suspira contrariada, apresurando el paso, vuelve a nevar de nuevo…  Ohh!!! Resbala cayendo sobre la acera helada, lastimándose el tobillo, mientras la nieve cae cada vez con más fuerza. Busca el móvil, que como siempre se ha quedado sin batería, ha de cambiárselo de verdad piensa, siendo consciente de que ha de buscar refugio o si no ella misma se convertirá en fantasma.
Mira alrededor intentando en vano llamar la atención de algún transeúnte. La calle está desierta. Intenta ponerse de pie y caminar, pero el dolor es insoportable y tan solo consigue apoyarse en la pared, de pronto algo llama su atención, una puerta entreabierta por la que se filtra un hilo de luz. Suspira aliviada y como puede consigue llegar hasta allí, reparando en que es la casa del farol en la ventana. Por una décima de segundo duda, pero su parte práctica le dice que puede que en la casa halla un teléfono que funcione o por lo menos pueda pasar la noche a salvo del frío intenso, total, no es más que una casa vacía, independientemente de lo que su imaginación a veces le marque. Así, que empuja la puerta del viejo caserón y cierra tras ella la puerta, sin pensar en lo extraño que resulta que la puerta esté abierta.
La iluminación de la casa es tenue pero siente un halo de calidez a medida que avanza hacia el interior, es como si la casa le diera la bienvenida y ni tan siquiera se sorprende de encontrar la chimenea del salón encendida, con naturalidad se dirige al enorme sofá de terciopelo rojo situado enfrente de la chimenea y se deja caer en él con un suspiro de alivio. Se desprende de abrigo, guantes, bufanda y gorro, y en un impulso también de los zapatos, se siente tan a gusto… tan en casa… Se recuesta en el sofá, cerrando los ojos y dejando que el calor inunde su cuerpo, y entonces lo siente, siente unas manos que acarician su pelo, el leve roce de un beso en sus labios… abre los ojos con miedo, descubriendo una mirada grisácea que la deja sin aliento, aspira aire con fuerza para gritar, pero entonces recuerda… recuerda quién es el dueño de esa mirada… recuerda quién es Él… recuerda quién es Ella…
Él… A quién nadie aceptó nunca en ese pueblo. Un forastero que vivía su vida como si estuviera a punto de terminar. Temían su manera de mirar, esa mirada que traspasaba hasta el pensamiento desnudándote y mostrándote tal cual eras en realidad. Y su manía de decir las cosas tal como eran… Él… dándoles lecciones, dejando en evidencia la falsedad de sus vidas….
Era inevitable que tarde o temprano se encontraran en ese pueblo tan pequeño, y aún más inevitable que se amaran…. Lo que tal vez no fuera inevitable fue lo que sucedió después…
Le acecharon, le cercaron y en un acuerdo tácito todos le cerraron las puertas, empujándole a marcharse con la promesa de Él que regresaría por Ella, y la promesa de Ella que esperaría por Él.
Y ella esperó y esperó. Año tras año. Aún cuando todos le decían que Él no regresaría, Ella esperó y esperó, y cuando Él por fin regresó no la encontró, un invierno frío como éste de ahora, Ella enfermó y murió…. Y Él se encerró solo en esa casa que debía ser de los dos y esperó y esperó… le creyeron loco y con el tiempo para el mundo desapareció, dejando constancia de su presencia tan solo ese farol encendido, y una leyenda olvidada con el paso del tiempo, hasta esta noche… en que Él susurra “Regresé por ti”…. Y Ella le sonríe feliz de refugiarse por fin entre sus brazos…
Por la mañana, una noticia conmociona al pueblo, una chica ha desaparecido sin dejar rastro…
La noche siguiente, algunos vecinos reparan sin dar importancia en el farol apagado y la ventana cerrada…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

miércoles, 30 de enero de 2013

La Luna...



La Luna siempre la ha atraído de manera poderosa. Su brillo mágico inunda su corazón de esperanza e ilusión. No sabe porque, solo que es así.
Su fase favorita es la de Luna llena, cuando majestuosa se alza sobre la noche rigiéndola e iluminándola. La que menos le gusta, es la llamada Luna nueva, en que siempre teme que la luna se haya ido para no regresar, y entonces la  noche se convierta en eterna oscuridad.
Aunque el mayor misterio de todos son las fases crecientes y menguantes de la luna… Sí, ya sabe lo que le han contado en el colegio. Sí ha estudiado en el colegio las fases de la luna: Luna nueva, cuarto creciente, Luna llena y cuarto menguante… y otra vez vuelta a empezar... Y sí, ya sabe que se deben a su giro alrededor de la Tierra. Y sí, le han explicado que la Luna no tiene luz propia, sino que refleja la que recibe del Sol, y que dependiendo de la mayor o menor iluminación, así es la fase lunar.  Y sí, ya sabe que el color de la luna tiene también una explicación científica relacionada con el sol y con la cantidad de luz que absorbe o que refleja… pero… en el fondo ella sabe que no es así. La verdad es un secreto que solo unos pocos saben.
La verdad es una leyenda transmitida de padres a hijos durante generaciones en su pequeña aldea costera, enterrada en el olvido de la mayoría, avergonzados de creer en cuentos de hadas ante las leyes absolutamente incontestables de la ciencia empírica. Y ella es de los pocos afortunados que recuerdan y confían en la veracidad de esas historias, contadas por los ancianos ante el fuego de la chimenea, en las frías noches de invierno, cuando la oscuridad reina y todos se reúnen para conjurar el miedo ancestral a que la luna no vuelva a brillar.
Pero el temor dura poco, porque ellos recuerdan, recuerdan como ella que cuenta una leyenda, que el brillo de la Luna se debe a que las estrellas fugaces van a sus valles a depositar todos los deseos que recogen en su estela…  Y  que esos deseos mientras esperan su turno para realizarse se convierten en estrellas, y los deseos convertidos en estrellas, de vez en cuando, llenan por completo la superficie de la Luna y es necesario reagruparlos, y eso, eso es trabajo del guardián de la Luna. Nadie sabe quién es, ni si es uno o son dos… solo se sabe lo que cuenta la leyenda, que dos veces al mes, el guardián de la Luna, agrupa los deseos convertidos en estrellas a un lado de la Luna, no siempre el mismo lado, por eso a veces es creciente y a veces menguante… y cuando por fin los deseos se realizan, la Luna se queda sin brillo y la oscuridad rige la noche apoderándose el temor de aquellos que no saben, que no recuerdan que si miran al cielo en la oscuridad es posible ver una estrella fugaz y pedir un deseo, que atrapado en su estela irá a parar a la luna hasta que sea su turno de verse realizado, y que si se demora un poco se transformará en estrella que iluminará la superficie de la Luna…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)
(inspirado en el corto de animación “La Luna” de Disney Pixar (2011))

lunes, 21 de enero de 2013

Ensoñaciones...



Los aplausos la reciben cuando sale al escenario.
Saluda a ese público que viene a adorarla con algo de desdén,  y como siempre, antes de dirigirse al piano mira hacia el palco vacío. Ese palco que en cada actuación reserva esperando que él lo ocupe.
Las luces en el patio de butacas se apagan y solo queda sobre ella al foco cálido que transforma a la mujer en pianista.
Se sienta, cierra los ojos, inspira profundamente y empieza a tocar.
Sus dedos finos aletean como mariposas acariciando las teclas del piano. La música conmueve unos sentimientos que entierra en lo más profundo de su alma cuando baja del escenario, y que una vez allí arriba, la devuelven irremediablemente al tiempo que pasó a su lado.
Al cerrar los ojos siente de nuevos sus manos recorriendo su cuerpo con suavidad mientras le quitaba la ropa.
Arde de nuevo ante el recuerdo de sus labios besando su boca, deslizándose  por su cuello hasta apoderarse de la aureola rosada de sus senos y atrapar entre sus dientes su pezón erecto. Suspira de nuevo al notar como la humedad entre sus muslos delata su deseo como entonces. Su cuerpo vibra al compás de esa música como siempre vibró su cuerpo contra el suyo.
El público extasiado la contempla embargados por la emoción, presintiendo que la pianista se ha fundido con la melodía, y mientras toca, en la ensoñación que le proporcionan sus ojos cerrados lo presiente junto a ella.
Con los últimos acordes, estremecido el público por la intensidad de la interpretación, se hace el silencio por unas décimas de segundos, antes que estalle el estruendoso aplauso.
Se levanta lentamente mientras abre los ojos para encararse nuevamente al público rendido a sus pies, y saluda inclinando ligeramente la cabeza, mirando de nuevo hacia el palco vacío, esperando sin esperar que un día él le devuelva la mirada desde allí…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

martes, 8 de enero de 2013

Conciencia...


La caída lenta del sol transforma las calles en un pequeño infierno, y la atmósfera sofocante le oprime el pecho, eso y la carrera desesperada que le obliga a respirar tan profundamente que siente como si se clavaran agujas en sus pulmones, por un momento el dolor es tan intenso que teme sea un infarto.
Pero no, es tan solo la falta de costumbre de correr. Ha de hacer más ejercicio piensa de manera irracional, arrepentido de incumplir año tras año uno de sus propósitos de año nuevo.
Su carrera loca empezó horas antes, al salir de la oficina como cualquier otro día. Nunca se metió en problemas, es un buen ciudadano que diría la autoridad competente. Acepta la autoridad establecida sin protestar. Siempre ha sido así.
Durante su infancia y adolescencia la autoridad eran sus padres y sus rígidos maestros. Sólo hubo un pequeño atisbo de rebeldía el primer año de universidad, pero pronto fue reconducida por sus progenitores que sabían mejor que él que lo suyo no era la rebeldía, y que sólo las “malas compañías” le arrastraban al lado oscuro. Y sin saber cómo, se vio terminando la carrera en una escuela privada con Mariela, la hija del mejor amigo de su padre como novia formal. Niña bien, resultó ser una esposa y madre excelente, al más puro estilo conservador, muy lejos de la chiquilla inconformista que conoció el primer año de universidad y con quién aún soñaba a veces.
En cualquier caso, tenían la relación social adecuada y un trabajo cómodo y sin sobresaltos. Era en definitiva, un hombre fiable, conformado con la vida que le había tocado vivir, con las normas establecidas por una clase que le protegía porque formaba parte de ella. No se quejaba, había tenido una buena vida, eso pensaba él al menos hasta esta tarde a la salida del trabajo en que sin quererlo fue testigo de la carga policial contra una de las manifestaciones que desde hacía unos meses proliferaban por la ciudad. Ésta fue frente a la sede central del partido en el poder.
Algo en él crujió como un engranaje que oxidado por el paso del tiempo quiere volver a ponerse en marcha. Cuando vio como uno de los policías golpeaba a aquella chica, fue como verla a ella en el suelo con la cabeza ensangrentada. No pudo evitar reaccionar lanzándose contra el anti- disturbio y derribarlo. Él quiso ayudar a la joven a incorporarse pero de pronto se vio rodeado por más anti- disturbios que levantaron sus porras para golpearlo. Creyó que estaba muerto, pero a su alrededor hubo un movimiento general del resto de manifestantes que rodearon a los policías instándoles a marcharse. Por un segundo pareció que sería así, pero entonces todo fue tan veloz y confuso.
Llegaron tres camiones más de anti- disturbios y hubo una desbandada general de todos, incluyendo él mismo, ayudó a la joven a levantarse y ambos salieron corriendo. Huyó desesperado, pensando en qué podía suceder si le cogían, y corrió hasta que ya no pudo más por las calles ahora vacías. El dolor en su pecho al inspirar profundamente buscando que cada alveolo de sus pulmones se llenara de aire, tratando de recuperar el aliento, recordando… recobrando la sensación de estar vivo y despierto como nunca,  y prometiéndose a sí mismo no volver a perder la conciencia…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)