martes, 22 de abril de 2014

Milán, un St. Jordi...

Tiene los pies destrozados. No pensaba que en Milán hubiera tantas cosas por ver. Las personas que conocía que la habían visitado, le hablaron del Duomo, majestuoso y blanco, y del Cenáculo, el mural de la Última Cena pintado por Leonardo en Sta. Maria de la Grazie, pero nada más a parte de las tiendas de los grandes diseñadores, y de las increíbles Galerías Victor Manuel II. Y la verdad, es que es una ciudad impresionante. Y regresará con más calma para conocerla mejor, piensa mientras se sienta para comer algo en la terraza de uno de los muchos restaurantes que abarrotan las calles anexas a las galerías. 
Al sentarse sus ojos se cruzan con los suyos. Automáticamente se sonrojo. No puede evitarlo. Debe parecer tonta, piensa. Es tan… No, guapo no, interesante. Y la atrae desde el principio. 
Concentrado en la lectura de un libro mientras toma un spritz, de vez en cuando levanta la mirada y se dedica a observar el ir y venir constante de las hordas de turistas que pasan camino de la Piazza del Duomo. Sabe que ella lo mira, y se obliga a no mirarla. ¿Por qué? No lo sabe. Solo sabe que le provoca sentarse frente a ella y entablar una conversación con ella. Pero se resiste.
Ella bebe despacio de su copa de vino, perdida en las brumas de una ensoñación, de un deseo irracional de descubrir los secretos del desconocido y formar parte de su vida. 
Apenas empieza a comer, cuando él paga su cuenta y se levanta para irse. Espera que finalmente la busque con la mirada, pero no, seguro y firme en su determinación de no mirarla, se echa la pequeña mochila al hombro y se aleja de allí, dejándola con un pensamiento, “será en otra vida, en otro tiempo”… Y sonríe triste, mientras lentamente saborea cada bocado de su plato de pasta, controlando a duras penas unas lágrimas que pugnan por salir. Qué tonta, piensa.
Paga su cuenta y se levanta. Se dirige a la Piazza del Duomo, buscando perderse entre la gente, buscando que la belleza de la grandiosa catedral llene el vacío provocado absurdamente por ese desconocido al que nunca volverá a ver. 
Aunque nunca es demasiado tiempo. Y apenas dos horas después tropiezan los dos frente a “El Beso” de Hayez. Su abrazo evita que se caiga. Se miran sorprendidos y sonríen sin poder disimular que se recuerdan. Podrían dejarlo así. En una simple sonrisa y una anécdota que contar al regresar a sus respectivas rutinas. Pero sus brazos la sostienen. Y están en Milán. Y ya no se separan. Salen a la noche decididos. Tal vez solo sea una aventura milanesa a la que sus mentes regresen cuando el hastío de la rutina los ahogue, o tal vez sea el inicio de una historia de amor eterno… 
©derechos reservados Guthwine (Carmen)