lunes, 29 de octubre de 2012

Vacío...


Parecía una broma del destino. Encerrada entre esas cuatro paredes intentaba recordar cómo había ido a parar a ese lugar, pero no podía.
En su mente todo era vacío. No recordaba absolutamente nada. Ni quién era, ni cuál era su nombre, ni mucho menos qué hacía en ese cubículo lúgubre y gélido. Porque el frío y la humedad sí lo sentía, y calaba en sus huesos haciéndola tiritar.
Cuando despertó en ese lugar estaba tendida en el suelo, intentó moverse en un primer momento, sintiendo su cuerpo entumecido y dolorido. Después vino intentar entender qué hacía ahí.
El pánico se apoderó de ella al no poder responderse nada coherente. Y quedó completamente paralizada por el miedo.  ¿Cuánto tiempo pasó antes de reaccionar de nuevo? Imposible determinarlo. ¿Unos segundos? ¿Unos minutos? ¿Unas horas? No sabía. Sólo que algo en su mente se encendió y volvió a intentar moverse. Se movió despacio en este intento.
Primero los brazos, despacio, empezó por sus dedos, continuó con una leve rotación de sus muñecas,  y poco a poco notó como sus articulaciones respondían y pudo incorporarse.  Sentía la espalda dolorida mientras la doblaba despacio, buscando frotar con sus manos las piernas que sentía helada para darles calor. Frotaba mano contra mano. Brazos. Piernas, haciendo que la sangre volviera a circular normalmente por su cuerpo.
Pasados unos minutos logró ponerse de pie.
El dolor era casi insoportable, pero se obligó a caminar, con cautela el primer paso, con más brío después, hasta que lentamente empezó a sentir que dominaba su cuerpo nuevamente y el dolor remitía.
Miró a su alrededor buscando algo que le diera una respuesta, pero nada le daba una pista.
Era una habitación vacía, vacía de todo, incluso de puertas y ventanas. Solo ella estaba ahí dentro. No podía entenderlo. Por algún sitio debía haber entrado. Se llevó las manos a la cabeza, presionándose las sienes con los dedos, masajeándolas para aliviar el dolor de cabeza que ahora se intensificaba. Escuchó un leve ruido, como el deslizarse de un engranaje, y por un momento esperó, no sabía el qué, pero pasados unos segundos se dio cuenta que la habitación se hacía cada vez más pequeña.
No podía ser, pensaba. No entendía. Pero era un hecho, acompañando al sonido deslizante las paredes de la habitación avanzaban hacia ella, contrayéndose. Intentó empujar una pared, luego otra, pero era inútil, se venían hacia ella….
-“Ring…”… Ups!!! Despertó de golpe, intentando entender dónde se encontraba. Sentía su cuerpo entumecido, dolorido y cuando intentó moverse la cabeza empezó a darle vueltas, y sintió un pánico tan intenso que la paralizó, al darse cuenta que no recordaba quién era y que se encontraba en una habitación vacía de todo….

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

lunes, 15 de octubre de 2012

Salvación...

El sol sale majestuoso descubriendo la belleza del paisaje.


Ari mira hacia él levantando la cabeza con desafío desesperado. Su cabellera cae como llamaradas sobre sus hombros, mientras un frío que nace de su interior abrazándose a ella, estremeciéndola y obligándola a envolverse en su manto.
Suspira y siente como sus ojos traicioneros se llenan de lágrimas; cierra los puños con fuerza, intentando erradicar el llanto que una vez más amenaza con vencer su valor.
Vuelve la vista al frente y observa como al avanzar es rodeada por sombras blancas etéreas que como ella siguen el sendero trazado al inicio de los tiempos.
El inicio… Ari se pregunta cuál fue el inicio de todo. Conoce la historia, la tradición de su pueblo, pero en su corazón se pregunta cómo es posible que luna tras luna su pueblo se vea abocado a apaciguar la ira de sus dioses con un sacrificio tan brutal como inútil, puesto que la deuda nunca quedaba saldad, y año tras año las nieves regresaban, junto con el hambre, los lobos y los enemigos que exigían su pago por dejarlos existir.
¿Qué sentido tenía el sacrificio a unos dioses que no saciaban jamás sus ansias de castigo? ¿Por qué a pesar de que se cumplía con todos los rituales que según el Gran Chamán era del agrado de los dioses todo seguía igual?
La primera vez que Ari se hizo esas preguntas fue cuatro lunas atrás, cuando uno de los elegidos para el sacrificio fue su hermano Salem. No lo entendió entonces, ni tampoco ahora, cuando ella misma es una de las víctimas escogidas para el ritual.
¿Qué pasaría si no llevaba a cabo el sacrificio? ¿Realmente el cielo se caería? ¿Caería sobre ellos el astro encendido o las estrellas para castigar su desobediencia, su desafío a los dioses del pasado?
Todo eso se preguntaba Ari mientras se reunía con el resto ante el altar de los sacrificios.
Eran 12. 6 muchachas y 6 muchachos. Siempre en pareja eran escogidos, como si solo así el ciclo pudiera completarse. Se miraban entre sí, asustados y desconcertados por igual. Sentían clavados sobre ellos las miradas del pueblo allí reunido. De los adultos. A los jóvenes menores de 16 años no les dejaban asistir, no podían, pues esta era la edad límite en que podían ser escogidos para el sacrificio.
Ella sabía que sus padres estaban desconsolados pero orgullosos. Era un honor que por segunda vez uno de sus hijos hubiera sido escogido para entregarse a los dioses.
Ari no podía entenderles. Ella querría gritar y salir corriendo. Perderse entre las sombras del bosque, pero no podía. Era una buena hija, y el castigo por una deserción así sería la muerte de toda la familia del traidor. ¿Traidor? Se preguntaba Ari. ¿Era una traición desear vivir? ¿Era una traición desear amar y sentir el cosquilleo de millones de mariposas en el estómago cuando ese ser especial te mira a los ojos y roza tus labios con los suyos?
Una lágrima rodó por su mejilla recordando entonces unos ojos brillantes y claros que al clavarse en los suyos encendían su cuerpo con solo mirarla. Jamás volvería a ver a su guerrero, ni sentiría otra vez el calor de su cuerpo contra el suyo.
“Tam, tam,…” el sonido de los tambores le trajo de vuelta al momento. El sacrificio iba a comenzar. Iris, su mejor amiga fue la primera escogida y puesta sobre el altar. El cuchillo del chamán brilló a la luz de las antorchas…

Y entonces se escucharon unos gritos, choques de metales, quejidos… todo sucedió en unos segundos. Vieron como los guerreros más jóvenes con sus espadas en las manos atravesaron con determinación el claro del bosque, abriéndose paso entre la multitud, aturdida y asustada, el silencio descendió sobre la tribu mientras el grupo llegó hasta el altar.
Erat, uno de los guerreros tomó a Iris entre sus brazos protegiéndola del chamán. Éste furioso les enfrentó y ordenó a sus sacerdotes que les detuvieran, pero no tuvieron oportunidad, los guerreros los vencieron sin apenas resistencia. El Chamán entonces les maldijo, dejó caer sobre ellos todo el veneno que escondía su corazón.
Para Ari ya daba igual. Ezra, su guerrero avanzaba hacia ella tendiéndole una mano.
“No!” Escuchó que gritaba su madre. Ari miró a sus padres viendo el fanatismo y el odio en sus miradas. Ari ya no dudó, tomó la mano de su guerrero y le siguió.

Se marcharon, escuchando los lamentos de unos y las maldiciones de otros. Pero no se fueron solos, otros les acompañaron en su huida, arriesgando la ira de sus dioses, confiando en la existencia de unos dioses que no exigieran un precio tan alto por vivir en libertad.
Y así fue, pasadas tantas lunas, con su cabello de fuego convertido en plata, Ari sabe que encontraron ese equilibrio.
En todos estos años no todo fue perfecto, ni bello. Hubo enfermedad, hubo sequía, hubo guerras, hubo muertes, hubo dolor… pero también hubo compresión, hubo alegrías, hubo amor… pero por encima de todo hubo vida, y nunca más miedo ni sacrificios inútiles en pos de una salvación que siempre había pasado por sus manos.
Y al final de su camino, en paz, cierra los ojos sintiendo como el aliento de la muerte la toca con dulzura, y rodeada de sus hijos y sus nietos sonríe sin miedo a encontrarse con esos dioses ancestrales...

©derechos reservados Guthwine (Carmen)