miércoles, 30 de enero de 2013

La Luna...



La Luna siempre la ha atraído de manera poderosa. Su brillo mágico inunda su corazón de esperanza e ilusión. No sabe porque, solo que es así.
Su fase favorita es la de Luna llena, cuando majestuosa se alza sobre la noche rigiéndola e iluminándola. La que menos le gusta, es la llamada Luna nueva, en que siempre teme que la luna se haya ido para no regresar, y entonces la  noche se convierta en eterna oscuridad.
Aunque el mayor misterio de todos son las fases crecientes y menguantes de la luna… Sí, ya sabe lo que le han contado en el colegio. Sí ha estudiado en el colegio las fases de la luna: Luna nueva, cuarto creciente, Luna llena y cuarto menguante… y otra vez vuelta a empezar... Y sí, ya sabe que se deben a su giro alrededor de la Tierra. Y sí, le han explicado que la Luna no tiene luz propia, sino que refleja la que recibe del Sol, y que dependiendo de la mayor o menor iluminación, así es la fase lunar.  Y sí, ya sabe que el color de la luna tiene también una explicación científica relacionada con el sol y con la cantidad de luz que absorbe o que refleja… pero… en el fondo ella sabe que no es así. La verdad es un secreto que solo unos pocos saben.
La verdad es una leyenda transmitida de padres a hijos durante generaciones en su pequeña aldea costera, enterrada en el olvido de la mayoría, avergonzados de creer en cuentos de hadas ante las leyes absolutamente incontestables de la ciencia empírica. Y ella es de los pocos afortunados que recuerdan y confían en la veracidad de esas historias, contadas por los ancianos ante el fuego de la chimenea, en las frías noches de invierno, cuando la oscuridad reina y todos se reúnen para conjurar el miedo ancestral a que la luna no vuelva a brillar.
Pero el temor dura poco, porque ellos recuerdan, recuerdan como ella que cuenta una leyenda, que el brillo de la Luna se debe a que las estrellas fugaces van a sus valles a depositar todos los deseos que recogen en su estela…  Y  que esos deseos mientras esperan su turno para realizarse se convierten en estrellas, y los deseos convertidos en estrellas, de vez en cuando, llenan por completo la superficie de la Luna y es necesario reagruparlos, y eso, eso es trabajo del guardián de la Luna. Nadie sabe quién es, ni si es uno o son dos… solo se sabe lo que cuenta la leyenda, que dos veces al mes, el guardián de la Luna, agrupa los deseos convertidos en estrellas a un lado de la Luna, no siempre el mismo lado, por eso a veces es creciente y a veces menguante… y cuando por fin los deseos se realizan, la Luna se queda sin brillo y la oscuridad rige la noche apoderándose el temor de aquellos que no saben, que no recuerdan que si miran al cielo en la oscuridad es posible ver una estrella fugaz y pedir un deseo, que atrapado en su estela irá a parar a la luna hasta que sea su turno de verse realizado, y que si se demora un poco se transformará en estrella que iluminará la superficie de la Luna…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)
(inspirado en el corto de animación “La Luna” de Disney Pixar (2011))

lunes, 21 de enero de 2013

Ensoñaciones...



Los aplausos la reciben cuando sale al escenario.
Saluda a ese público que viene a adorarla con algo de desdén,  y como siempre, antes de dirigirse al piano mira hacia el palco vacío. Ese palco que en cada actuación reserva esperando que él lo ocupe.
Las luces en el patio de butacas se apagan y solo queda sobre ella al foco cálido que transforma a la mujer en pianista.
Se sienta, cierra los ojos, inspira profundamente y empieza a tocar.
Sus dedos finos aletean como mariposas acariciando las teclas del piano. La música conmueve unos sentimientos que entierra en lo más profundo de su alma cuando baja del escenario, y que una vez allí arriba, la devuelven irremediablemente al tiempo que pasó a su lado.
Al cerrar los ojos siente de nuevos sus manos recorriendo su cuerpo con suavidad mientras le quitaba la ropa.
Arde de nuevo ante el recuerdo de sus labios besando su boca, deslizándose  por su cuello hasta apoderarse de la aureola rosada de sus senos y atrapar entre sus dientes su pezón erecto. Suspira de nuevo al notar como la humedad entre sus muslos delata su deseo como entonces. Su cuerpo vibra al compás de esa música como siempre vibró su cuerpo contra el suyo.
El público extasiado la contempla embargados por la emoción, presintiendo que la pianista se ha fundido con la melodía, y mientras toca, en la ensoñación que le proporcionan sus ojos cerrados lo presiente junto a ella.
Con los últimos acordes, estremecido el público por la intensidad de la interpretación, se hace el silencio por unas décimas de segundos, antes que estalle el estruendoso aplauso.
Se levanta lentamente mientras abre los ojos para encararse nuevamente al público rendido a sus pies, y saluda inclinando ligeramente la cabeza, mirando de nuevo hacia el palco vacío, esperando sin esperar que un día él le devuelva la mirada desde allí…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

martes, 8 de enero de 2013

Conciencia...


La caída lenta del sol transforma las calles en un pequeño infierno, y la atmósfera sofocante le oprime el pecho, eso y la carrera desesperada que le obliga a respirar tan profundamente que siente como si se clavaran agujas en sus pulmones, por un momento el dolor es tan intenso que teme sea un infarto.
Pero no, es tan solo la falta de costumbre de correr. Ha de hacer más ejercicio piensa de manera irracional, arrepentido de incumplir año tras año uno de sus propósitos de año nuevo.
Su carrera loca empezó horas antes, al salir de la oficina como cualquier otro día. Nunca se metió en problemas, es un buen ciudadano que diría la autoridad competente. Acepta la autoridad establecida sin protestar. Siempre ha sido así.
Durante su infancia y adolescencia la autoridad eran sus padres y sus rígidos maestros. Sólo hubo un pequeño atisbo de rebeldía el primer año de universidad, pero pronto fue reconducida por sus progenitores que sabían mejor que él que lo suyo no era la rebeldía, y que sólo las “malas compañías” le arrastraban al lado oscuro. Y sin saber cómo, se vio terminando la carrera en una escuela privada con Mariela, la hija del mejor amigo de su padre como novia formal. Niña bien, resultó ser una esposa y madre excelente, al más puro estilo conservador, muy lejos de la chiquilla inconformista que conoció el primer año de universidad y con quién aún soñaba a veces.
En cualquier caso, tenían la relación social adecuada y un trabajo cómodo y sin sobresaltos. Era en definitiva, un hombre fiable, conformado con la vida que le había tocado vivir, con las normas establecidas por una clase que le protegía porque formaba parte de ella. No se quejaba, había tenido una buena vida, eso pensaba él al menos hasta esta tarde a la salida del trabajo en que sin quererlo fue testigo de la carga policial contra una de las manifestaciones que desde hacía unos meses proliferaban por la ciudad. Ésta fue frente a la sede central del partido en el poder.
Algo en él crujió como un engranaje que oxidado por el paso del tiempo quiere volver a ponerse en marcha. Cuando vio como uno de los policías golpeaba a aquella chica, fue como verla a ella en el suelo con la cabeza ensangrentada. No pudo evitar reaccionar lanzándose contra el anti- disturbio y derribarlo. Él quiso ayudar a la joven a incorporarse pero de pronto se vio rodeado por más anti- disturbios que levantaron sus porras para golpearlo. Creyó que estaba muerto, pero a su alrededor hubo un movimiento general del resto de manifestantes que rodearon a los policías instándoles a marcharse. Por un segundo pareció que sería así, pero entonces todo fue tan veloz y confuso.
Llegaron tres camiones más de anti- disturbios y hubo una desbandada general de todos, incluyendo él mismo, ayudó a la joven a levantarse y ambos salieron corriendo. Huyó desesperado, pensando en qué podía suceder si le cogían, y corrió hasta que ya no pudo más por las calles ahora vacías. El dolor en su pecho al inspirar profundamente buscando que cada alveolo de sus pulmones se llenara de aire, tratando de recuperar el aliento, recordando… recobrando la sensación de estar vivo y despierto como nunca,  y prometiéndose a sí mismo no volver a perder la conciencia…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)