Los aplausos la reciben cuando sale al escenario.
Saluda a ese público que viene a adorarla con algo de desdén, y como siempre, antes de dirigirse al piano mira hacia el palco vacío. Ese palco que en cada actuación reserva esperando que él lo ocupe.
Las luces en el patio de butacas se apagan y solo queda sobre ella al foco cálido que transforma a la mujer en pianista.
Se sienta, cierra los ojos, inspira profundamente y empieza a tocar.
Sus dedos finos aletean como mariposas acariciando las teclas del piano. La música conmueve unos sentimientos que entierra en lo más profundo de su alma cuando baja del escenario, y que una vez allí arriba, la devuelven irremediablemente al tiempo que pasó a su lado.
Al cerrar los ojos siente de nuevos sus manos recorriendo su cuerpo con suavidad mientras le quitaba la ropa.
Arde de nuevo ante el recuerdo de sus labios besando su boca, deslizándose por su cuello hasta apoderarse de la aureola rosada de sus senos y atrapar entre sus dientes su pezón erecto. Suspira de nuevo al notar como la humedad entre sus muslos delata su deseo como entonces. Su cuerpo vibra al compás de esa música como siempre vibró su cuerpo contra el suyo.
El público extasiado la contempla embargados por la emoción, presintiendo que la pianista se ha fundido con la melodía, y mientras toca, en la ensoñación que le proporcionan sus ojos cerrados lo presiente junto a ella.
Con los últimos acordes, estremecido el público por la intensidad de la interpretación, se hace el silencio por unas décimas de segundos, antes que estalle el estruendoso aplauso.
Se levanta lentamente mientras abre los ojos para encararse nuevamente al público rendido a sus pies, y saluda inclinando ligeramente la cabeza, mirando de nuevo hacia el palco vacío, esperando sin esperar que un día él le devuelva la mirada desde allí…
©derechos reservados Guthwine (Carmen)

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