lunes, 2 de diciembre de 2013

Eclipse...


El eclipse se acerca. La última vez que se produjo esa alineación de nuestro sol con la luna y nuestro planeta, se desencadenaron fenómenos que llevaron casi a la extinción total de nuestra forma de vida. Nos ha llevado tres mil años volver a ser casi la sociedad que fuimos una vez. 
Nuestros gobiernos esta vez parten con ventaja, y han decidido no dejar nada al azar. Así que han elaborado una lista de personas imprescindibles.
Yo soy una de ellas. Me salvaré yo y mi marido, y unos pocos millares de afortunados que han sido incluidos en esa lista.
Apenas quedan unas horas para estar en el punto de recogida. Han sido muy  rigurosos en este detalle. Los militares nos llevarán a un lugar secreto y protegido, con la esperanza de que una vez pasado el eclipse podamos reconstruir a mayor velocidad nuestra civilización.
Mi esposo ha ido a despedirse de sus padres y sus hermanos, sin poder decirles que seguramente es la última vez que se verán.
Yo… yo me aferro desesperada al hombre al que amo y al que tengo que abandonar en virtud de un programa que dice que yo soy imprescindible y él no. 
Él es fuerte por los dos. Me ama y me lo demuestra insistiendo cada vez que se sentirá más tranquilo sabiendo que yo estaré a salvo y que en cualquier caso nos volveremos a ver después, cuando todo pase. Y le amo aún más por esa única mentira dicha para hacerme sentir mejor.
Y mientras jadeo entre sus brazos por última vez, sostengo su mirada, atesorando sus rasgos y sus gestos mientras el deseo y la pasión nos llevan al éxtasis, así, aferrados el uno al otro, con la certeza de que con un poco más de tiempo, él y no mi esposo vendría conmigo.
Pero el anuncio de la catástrofe llegó antes de que los dos nos diéramos cuenta que nos amábamos y que esta locura es más que la aventura pasajera de dos cuarentones que entran en crisis. Pero no podría condenar a mi marido después de todo, y salvándole a él condeno al hombre al que amo.
Nos despedimos con un beso largo y profundo, solo unidas nuestras bocas, temiendo que si nuestros cuerpos se tocan no podamos separarnos.
- Te quiero.
- Te quiero.
Y me voy, sin derramar una sola lágrima, muriendo por tener que dejarlo, sabiendo que nunca más nos volveremos a ver.
Al llegar a casa mi esposo me espera. Me siento a su lado y esperamos juntos la llegada del transporte. Me mira sin preguntarme nada. Aterrados de que cualquier palabra nos lleve a la inevitable discusión y a encarar la verdad.
Llaman puntuales a la puerta. Recogemos un par de maletas y salimos, cerrando la puerta tras de nosotros. El 4 x 4 arranca alejándose veloz de nuestra casa, de nuestro barrio, y poco a poco de la ciudad. Se dirige a la autopista casi desierta a esas horas y ponemos kilómetros entre la vida que hemos conocido hasta ahora y ese nuevo comienzo.
Todo el trayecto de ida resulta insoportablemente silencioso. Mi marido me toma de la mano sintiendo mi nerviosismo. Es un gesto simple y tan tierno… Una ternura que hace tiempo abandonó nuestro hogar y que ahora al recordarla solo me causa frialdad, y que me hace retirar la mano, castigándole por no ser él a quien quiero tener a mi lado. Sé que no es culpa suya, pero aun sabiéndolo, le odio por existir y obligarme a abandonar a ese hombre capaz de hacerme sentir que abandonarle no es una traición.
Llegamos al lugar indicado. Atravesamos controles y más controles en pleno desierto hasta llegar a la entrada de montaña. Sí, como en las películas de catástrofes que tan de boga están.
- Es la hora- dice un mayor del ejército de tierra.
Mi esposo avanza hacia el interior sin mirar atrás. Yo… yo miro hacia arriba, hacia ese cielo teñido de rojo en este atardecer en que todo empieza y todo acaba…
En otro lugar las noticias no han dejado de emitir un solo instante. Cansado de todo ello un hombre ha abandonado la ciudad buscando el refugio de esa playa que le huele a ella. Saborea con tranquilidad ese champagne que guardaba para celebrar con ella. Pero todo está bien, piensa. Y brinda por ella y porque sobrevivirá. Eso es lo que importa, aunque le duelan los huesos por el deseo de abrazarla. Aprieta los puños cerrando los ojos, sintiendo por un momento la calidez de su cuerpo contra el suyo, evocando el suave roce de sus dedos sobre el rostro cuando se sentía perdida y deseaba cerciorarse de que no era un sueño…
Abre los ojos con un suspiro, dispuesto a encarar el final como siempre ha vivido, con coraje. 
- Tú…
Me siento junto a él y me refugio entre sus brazos… 
Él desearía decir que está loca, que debe refugiarse; Ella desearía decir que lo ama y que prefiere un instante de amor con él que vivir toda la eternidad sin él.
La única verdad es que los dos están donde desean estar, uno junto al otro… El resto… el resto es solo tiempo, un tiempo que solo vale la pena porque lo compartirán… 

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

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