Las luces se apagan. El escenario se ilumina dando paso a los músicos que empiezan a situarse sobre el escenario. Cierro los ojos hasta que el silencio se hace.
Es el momento. Fijo la mirada en esas manos de dedos gruesos y uñas mordidas. Esas manos que rozan con el mismo ardor el marfil blanco y negro del piano que mi rostro y mi boca mientras recita embelesado el capítulo 7 de Rayuela: “Toco tu boca…”. Observo sus ojos cerrados, concentrado en arrancar de su instrumento la melodía más hermosa, con la misma pasión que pone en arrancarme un suspiro, como ahora, cuando me mira al finalizar la pieza.
©derechos reservados Guthwine (Carmen)

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