martes, 31 de julio de 2012

Cobardía...



El restaurante está a rebosar de gente, pero tengo suerte, apenas espero cinco minutos y una mesa se desocupa.
Me siento por fin, contenta de poder descansar mis pies. No ha sido buena idea estrenar hoy los zapatos. Tengo los dedos de los pies tan entumecidos que solo pienso en el momento de llegar a casa y librarme por fin de semejante tortura.
Estudio la carta, pero cómo siempre pido mi ensalada favorita, bañada en la vinagreta especial de la casa. Sea lo que sea lo que lleva, es la más deliciosa que he probado nunca, y temo que si pido otra cosa no me gustará tanto como esa, así que invariablemente me inclino por la misma.
Mientras espero que me la sirvan, observo como la gente entra y sale del restaurante, unos  con muchas prisas, mirando su reloj; otros haciendo tiempo cómo no queriendo llegar a su destino. Les miro  e imagino historias sobre ellos que se agolpan en mi cabeza. Desearía poder escribir todas esas historias, pero me resulta imposible seguir el ritmo frenético de mis pensamientos, a veces incoherentes, acelerados igual que la mayoría de los personajes que se me aparecen de golpe.
Y entonces te veo. Y todo lo demás se desvanece. Hace una semana que ensayo para este encuentro. He estudiado mil poses, mil entonaciones… y ahora, frente a ti, mientras te acercas a mi mesa soy capaz de intuir como sería que tu cuerpo cubriera el mío, cómo me sentiría si me envolvieras entre tus brazos estrechándome fuerte contra ti. Sentir el roce de tus manos sobre recorriendo mi cuerpo…
Se exactamente lo que sentiría, lo que me provoca sólo imaginarlo. Así que te miro, mis manos sudorosas, sintiendo el calor que nace en mi interior y tiñe de rubor mis mejillas, y cuando llegas a la altura de mi mesa,  soy incapaz de responder a tu saludo, y me quedo en silencio, lamentándome una vez más de mi cobardía…

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

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