Cuando encontraron a Elia a las puertas del hospital nadie daba dos duros por su vida. La bebé de apenas un día de vida estaba aterida de frío y su respiración era tan tenue que en un primer instante la dieron por muerta.
Su tez blanca, su pelo castaño claro y unos ojos redondos tozudamente abiertos, eran lo que más llamaban la atención. No lloraba cuando la encontraron, tan solo permanecía a la espera, escrutando el mundo que la rodeaba. Era realmente un bebé muy hermoso. Cuando la llevaron a la gran casona todos daban por sentado que sería adoptada inmediatamente. Pero no fue así, nadie supo explicar porqué, pero ninguna de las parejas que se interesó por ella se decidió a hacerlo.
La veían, sonreían y al tomarla en brazos intuían algo en ella que les hacía renunciar. Ninguno de los que quisieron responder al motivo de su rechazo supo explicarse con claridad, era una sensación, decían, su sitio está en esta casa terminaban todos por decir.
A pesar de todo, Elia creció feliz. Su vida transcurría como la de todos los niños acogidos en la gran casona. Con siete años, parecía una niña normal, ni muy lista, ni muy tonta; ni muy buena, ni muy mala. Ni siquiera tenía una afición especial por nada; lo único que la diferenciaba de los demás era que podía pasarse horas y horas mirando al cielo.
De día o de noche, si Elia desaparecía de la vista, todos sabían dónde encontrarla. En el patio de la casa, estirada en el suelo, mirando al cielo.
De día diríase que se embobaba mirando el paso de las nubes. De noche, casi con seguridad, se decían los responsables de la casa admiraba las estrellas.
Por eso la sorpresa fue mayúscula cuando al cumplir los diez años a Elia le dio por frecuentar la pequeña aunque bien surtida biblioteca de la casona. Por un tiempo substituyó su extravagante manía de estirarse en el suelo del patio para observar el cielo, por el devenir arriba y debajo de la biblioteca observando los libros. Porque eso era lo sorprendente, no abrió ni uno solo de los libros que allí estaban. Se limitaba a mirarlos, a veces lo cogía y lo sopesaba, pero nunca cogió uno para leerlo.
Y así, una noche la descubren transportando los libros desde la biblioteca de la casona hasta el patio.
Le preguntan que qué está haciendo y el por qué. No sabe el por qué. Sólo sabe que ha de hacerlo así.
De manera, que escoge otro libro con cuidado. Lo acaricia con suavidad y lentamente lo acerca a su rostro e inspira hondo, apreciando el olor que desprende el libro. La mayoría solo detecta el olor a polvo, y a veces de humedad de los menos afortunados, pero para Elia solo es la puerta de entrada al alma de ese libro, penetra en él como nadie pudiera imaginarse. Aunque da igual, de cualquier modo, su afán por conocer el alma del libro es adivinar su fortaleza. Porque el motivo de esa cuidadosa elección, es para saber si ese libro es lo suficientemente fuerte para ser apilado.
Porque eso es lo que Elia hace. Apila los libros en el patio. Uno sobre otro, con cuidado, construyendo una escalera.
Parecería una tarea fácil, pero no era así. Invariablemente, cuando la pila llega al vigesimocuarto de altura, su improvisada escalera cae la pila provocando un estruendo enorme, y despertando a todos los habitantes de la casa.
Siempre acuden presurosos. La primera vez sorprendidos y sin entender de esa construcción. La segunda algo enfadados por la manía de la niña. A la tercera, Elia se llevó un castigo. Pero a partir de la cuarto noche empezaron a preocuparse. No podían entender ese empeño, y ella no podía más que explicar que debía hacerlo.
Ni los castigos ni los diferentes psicólogos que la trataron pudieron disuadirla. Noche tras noche intentaba construir su escalera, y noche tras noche en el vigesimocuarto escalón se derrumbaba toda la pila.
Y así, hasta esta noche, en que por fin ha pasado del fatídico número y lo ha superado con creces.
Por fin ha terminado. Y eleva su cabeza mirando al cielo estrellado, sabiendo qué ha de hacer a continuación.
Con cuidado, sube uno a uno los escalones de la improvisada escalera hasta llegar al último libro. Allí, inmóvil, mira una vez más hacia las estrellas, esperando…
Al llegar la mañana, los habitantes de la gran casona encuentran tan solo la escalera de libros, de Elia nunca más supieron…
©derechos reservados Guthwine (Carmen)

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