miércoles, 21 de noviembre de 2012

Barco de papel...



Escucho el sonido de la lluvia que cae en el exterior. Es una tarde desangelada que diría mi abuela. Esas tardes en que de niña me acurrucaba en el sofá disputando con mis hermanos el privilegio de estar sentada pegada al cuerpo de mi madre. La calidez que emanaba y que nos confortaba solo con estar a su lado. Es extraño que piense en ello hoy, mientras intento que las musas regresen a mí.
Se me resisten. Y leo y releo cada uno de los escritos que tengo delante y los siento forzados, tensos, sin magia.
Suspiro nostálgica por un momento. Un poco triste quizás.
Adoro la lluvia, sobretodo en tardes como la de hoy en que me siento así, y me dejo abatir por este hastío que me invade sin compasión y que agradezco a pesar de todo porque es lo único que me hace sentir que sigo viva, dolorosamente viva.
Me recuesto en la butaca y miro por la ventana de mi pequeño apartamento mirando cómo las gotas de lluvia golpean furiosas contra el vidrio de la ventana. Observo el ir y venir de la gente, su caminar veloz, intentando protegerse inútilmente con sus paraguas del agua que cae inmisericorde, y que el viento dirige a cualquier dirección.
Sonrío maliciosa cuando el paraguas de color negro de un hombre trajeado se voltea mientras él intenta dominarlo sin éxito, terminando empapado y malhumorado.
Sonrío enternecida al entrar en mi punto de visión un grupo de niños que vienen chapoteando en todos los charcos con los que se cruzan para desesperación de su madre.
Se hiela mi sonrisa cuando descubro a unos jóvenes amantes que pasean sin prisas y sin rumbo bajo la lluvia que los empapa, mientras se besan y se abrazan inmunes al frío y a la mirada del resto de los mortales. Cuánta tristeza siento al verles, cuánto dolor bulle en mí aún mientras les observo desaparecer por una de las callejuelas que bordean mi edificio.
Sólo cuando dejo de verlos me doy cuenta de mis manos crispadas y de mi respiración agitada. Y como una autómata me siento de nuevo frente a las hojas en blanco mientras surgen desbordados mis sentimientos, plasmando palabra a palabra lo que sentí, lo que siento, lo que desearía volver a sentir.
Exhausta, releo lo escrito y furiosa arrugo el papel notando como surcan mis mejillas lágrimas de rabia y desesperación. Es tan bello lo escrito, expresa todo el dolor del universo, dice tanto de mí que no podré publicarlo nunca. Pero en un puro gesto de eterna ingenuidad adolescente, intento planchar el papel para releer una vez en más en mi alma. Suspiro contenido ya el llanto mientras mis manos se mueven dando forma al papel, perdida mi mirada de nuevo en el agua que cae fuera.
Terminada mi obra, observo mi barquito de papel. Abro la ventana y lo dejo caer a la calle. Observando como cae, arrepintiéndome ya del impulso, pero feliz de que navegue sobre el río que el agua ha creado sobre los adoquines, resistiendo el embate de la lluvia que cae sobre él intentando que naufrague, y mientras se va perdiendo de vista me abandono a la absurda ensoñación que de alguna manera llegue a tu puerto, leas mis palabras y pongas rumbo al mío….

©derechos reservados Guthwine (Carmen)

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