Tic- tac, tic- tac…
El implacable tic- tac del reloj le obliga a mirar una y otra vez hacia el enorme reloj de pie que preside la estancia.
Es una hermosa obra de arte. La caja es realmente bella. De brillante madera de nogal apostaría. Con figuras extrañas esculpidas en los bordes, en un extraño adorno que hacía aún más visible al reloj presidiendo la sala repleta de libros.
La esfera es perfectamente redonda, con ribetes dorados y plateados, realmente de un gusto exquisito; y los números romanos por descontado tallados en mármol negro, incrustados en una base nacarada. Sí, una bella obra de arte piensa distraído, puesto que su mente no está por completo en esa habitación con él.
Tic- tac, tic- tac…
Se remueve inquieto en la incómoda silla. Mirando el ir y venir del péndulo del reloj que se mueve rítmicamente, y desviando la mirada hacia la puerta cerrada tras la que se decide su destino. Y se pregunta por enésima vez qué estará sucediendo tras ella.
Llegaron los dos decididos a dar la noticia como uno solo. Esperaban gritos, amenazas… pero no, tan solo un silencio sepulcral y una orden muda que la introdujo a ella tras la puerta cerrada y a él lo tenía crispado fuera, esperando el desenlace.
Debió suponer que con él no querría hablar. Durante todos estos años solo fue tolerado. Sabía que solo lo mantenía en el laboratorio porque era un gran investigador. Por eso lo contrató en cuánto terminó el doctorado. Por eso, y porque era el marido de su hija, muy a su pesar.
Jamás estuvo de acuerdo con ese enlace, pero lo consideró un mal menor, a cuenta de que eso lo ligaba para siempre a su farmacéutica.
Llevaban 10 años así. Trabajando ambos para su suegro. Permitiendo que él gobernara sus vidas. Profesional y personalmente. Dejando que poco a poco destruyera lo que compartían.
Su esposa adoraba a su padre a pesar de todo. Y él la amaba a ella. Por eso había soportado tanto tiempo desplantes y humillaciones, e incluso que de alguna de sus investigaciones los méritos fueran atribuidos a su suegro.
Todo eso había hecho mella en su matrimonio. Se sentía tan hastiado que un año atrás tuvo una amante. Una mujer que no significó gran cosa para él, pero encontró en ella la calidez que ya no sentía en su esposa.
No duró mucho, lo suficiente para que su esposa lo descubriera y estuvieran a punto de perderse por completo. Pero hablaron. Por fin hablaron con la verdad.
Fue un golpe muy duro para él cuando su esposa reconoció que también ella se había refugiado por un tiempo en los brazos de otro hombre. En ese instante todo su mundo se tambaleó y estuvieron a punto de terminar con su historia. Pero descubrieron que seguían amándose y que ninguno de los dos deseaba estar sin el otro.
También estuvieron de acuerdo en que debían alejarse del padre de ella y de su influencia.
Y ahora estaba en esa sala. Mirando a ratos el reloj, a ratos esa puerta cerrada. Escuchando el segundero de ese reloj, esperando impaciente que la puerta se abriera para salir de esa casa y empezar una nueva vida con su esposa.
El gruñido de la maneta al girar le impulsó como un muelle a levantarse de la silla.
Miró a su esposa esperando ver en sus ojos la promesa de un nuevo comienzo para ellos, pero solo vio claudicación. No hizo falta que dijera una sola palabra. Supo que su suegro una vez más había ganado la partida. Pero él no podía seguir en esa casa.
Se acercó a su esposa y la besó por última vez. Después salió de esa casa para no volver jamás…
©derechos reservados Guthwine (Carmen)
No hay comentarios:
Publicar un comentario