jueves, 24 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad


El susurro de las hojas mecidas por el viento le llega amortiguado desde la oscuridad de la noche. Es la víspera de Navidad y Daniel se entretiene echando su aliento contra el cristal frío de la ventana y con su dedo índice dibuja un árbol de Navidad coronado con una estrella.
Suspira. Sabe que es el único que tendrá este año.
Nadie en casa tiene ganas de celebraciones. No hay turrones, no hay “neules”, no hay regalos, no hay árbol, no hay nacimiento….  No hay risas ni alegría. Es como si el vacío y la oscuridad se hubieran apoderado de su casa.
Tiene el vívido recuerdo de la Navidad pasada en su mente, idealizada quizás por el recuerdo impreciso de un niño que desearía volver atrás. Y mientras escucha a sus padres discutir por enésima vez borra con rabia el árbol de Navidad.
Su madre insistiendo a su padre que deberían ir a la parroquia del barrio a pedir alimentos.
Su padre herido su orgullo, grita enfadado que prefiere morirse de hambre que ser un pedigüeño.
Daniel se tapa los oídos con las manos, fuerte… intenta no escuchar la réplica de su madre diciendo que no se trata sólo de él…
El llanto amargo que escucha le hace salir de su habitación e ir al comedor.
Jamás olvidará a su padre arrodillado delante de su madre, abrazándola con fuerza por la cintura mientras los dos lloran desconsolados e impotentes..
 - Papi… mami….
Su madre le mira y decidida se seca las lágrimas y le sonríe. Deshace el abrazo con su padre y le besa. Después se dirige hacia Daniel y le acaricia con ternura la mejilla.
-            - Anda Dani, ponte el abrigo- mientras ella coge el suyo y hace lo propio.
-            -  ¿A dónde vamos mamá?
-      -  A la parroquia cariño- le responde mirando al padre de Daniel con una súplica muda- hay una pequeña celebración. Verás que bien lo pasamos.
Ya en la puerta de la parroquia duda un momento. Se escucha música y risas en el interior, pero no sabe qué hacer, toda su determinación peligra hasta que vuelve a ser consciente de porqué está ahí plantada.
Mira a su hijo. Daniel la está observando. Ella le sonríe y repite:
-          - Vamos cariño, verás qué bien lo pasamos.
Y entran.
El local está adornado con guirnaldas de papel, y farolillos con imágenes navideñas iluminan toda la estancia. Hay un pesebre presidiendo la sala, y un gran árbol de Navidad al lado.
Dani reconoce a uno de los niños que está jugando a las sillas en uno de los rincones.
-          - Mami, ¡mira! Está Rafal! ¿Puedo ir a jugar con él?- le pregunta a su madre con una sonrisa.
-         -   ¡Claro!
Y por vez primera en mucho tiempo siente aligerarse su congoja al observar como Daniel sale corriendo alegre y es recibido por el resto de los niños como solo ellos saben hacer. Sin mostrar sorpresa. Sin juzgar. Sólo con la alegría de encontrar otro ser con quién compartir risas y juegos.
La madre de Daniel mira a su alrededor. Se siente desprotegida ahora que no siente la mano de Daniel entre la suya. Y siente miedo y algo de vergüenza y timidez. Y…
-          - Hola Marina- le dice la madre de Rafal amable y contenta de verla- Ven, siéntate con nosotros.
-         -  Hola Farida, muchas gracias.
Y mientras se deja llevar hasta el rincón dónde se encuentra la familia de Rafal reconoce a ese chico guineano que se acaba de  mudar a la escalera de al lado. Lleva un delantal puesto y un gorro de papa Noel. Detrás de una batería de cuatro mesas repletas de bandejas humeantes se dispone a repartir en los platos la comida a las personas que empiezan a hacer cola entre risas y bromas.
También reconoce a ese matrimonio al que todo el mundo critica porque va de ayuda en ayuda y no para de tener hijos. Vaya, ella está rodeada de niños más pequeños que su hijo que la miran embobados escuchando como les cuenta una cuento de Navidad. Y él… siempre huraño y retraído no para de ir arriba y abajo hablando con unos y con otros, lleno de vida y energía.
Y por su puesto a la familia de Rafal, el amiguito de su Daniel. Conoce bien su historia y tiene todas sus simpatías. Como Farida, la madre de Rafal, nunca ha trabajado. Y su marido, paleta como el suyo perdió el trabajo por la crisis y con casi cincuenta años lleva tres años en paro, de curso de formación ocupacional en curso de formación ocupacional sin  encontrar un trabajo estable.
Hoy todos están reunidos allí. Buscando como ella comida, consuelo, un poco de alegría… y dignidad. Reflexiona en silencio y sonriendo a Farida se dispone a ayudarla a colocar los manteles sobre las mesas cuando siente un beso rozando su mejilla:
-          - Te quiero- susurra su marido en su oído.
-          - Te quiero.
Y juntos, todos se disponen a celebrar la Navidad…


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